Civilizaciones perdidas
01/04/2007 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

George Bush: profeta del apocalipsis

El actual presidente de los Estados Unidos cree, como docenas de millones de norteamericanos, que estamos viviendo los tiempos del Apocalipsis descritos en la Biblia. Algunos de sus más cercanos asesores y miembros de su Administración también están convencidos de que la segunda venida de Cristo y el fin del mundo están prontos. Esta circunstancia, según diversos analistas, podría explicar, en parte, el porqué de la agresiva política exterior del actual gobierno estadounidense.

01/04/2007 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
George Bush: profeta del apocalipsis
George Bush: profeta del apocalipsis
La fe de Bush, como ha demostrado en múltiples ocasiones, peca de simplismo. Cree que en la Biblia está contenida textualmente la palabra de Dios. No es de extrañar, entonces, que en 1993, poco antes de la campaña electoral que lo llevaría a gobernar el estado de Texas, dijera públicamente: «Sólo los que creen en Jesús irán al cielo». Este comentario desató tal polémica en la prensa más liberal que Billy Graham, poderoso telepredicador y asesor espiritual de la familia Bush, le recomendó al futuro presidente que fuese más comedido en sus declaraciones. Graham es, en gran medida, responsable de la llegada de Bush a la Casa Blanca. Después de un acto religioso, el entonces gobernador tomó la decisión de presentarse a las primarias por el Partido Republicano y optar a la presidencia. Lo primero que hizo fue llamar a su amigo el telepredicador. Graham lo animó a seguir adelante con su plan y además le prometió que haría todo lo posible y lo imposible para conseguir apoyos y fondos de la poderosa derecha religiosa estadounidense. Este movimiento logró infiltrarse en los años 80 y 90 dentro de la estructura de poder del Partido Republicano. De hecho, una encuesta realizada a los líderes republicanos en 1994 para conocer qué influencia ejercía la derecha religiosa en el partido, concluyó que de los 50 estados más el distrito de Columbia, en 18 la derecha fundamentalista cristiana tenía una influencia «dominante», en 13 «considerable» y en 20 se juzgaba «menor». Graham convenció a otros líderes fundamentalistas para que se la jugaran por Bush, incluso dejando de lado a otro reconocido cristiano apocalíptico como John Ashcroft, quien también se presentó a las primarias. Como premio de consolación, Graham y los suyos presionaron a Bush, ya en la presidencia, para que nombrase a Ashcroft fiscal general del Estado, como así hizo. EL NUEVO MESÍAS Cuando Bush se convirtió en gobernador de Texas, declaró: «No habría llegado hasta aquí si no creyera en un plan divino que sustituye a todos los planes humanos». Y cuando decidió optar a la presidencia, afirmó en público: «He escuchado la llamada, creo que Dios quiere que me presente a las elecciones presidenciales». Durante la campaña de 2000, sus constantes alusiones a Dios y a la misión que le había encomendado exasperaron a la prensa afín al Partido Demócrata. Sin embargo, en un país donde casi la mitad de la población piensa que los signos del Apocalipsis son visibles en la actualidad, las palabras de Bush conectaron con un amplio sector de la opinión pública. Durante una reunión en la Casa Blanca con los líderes de las principales congregaciones protestantes dijo: «Ya sabéis que tuve un problema con el alcohol. En estos momentos debería encontrarme en un bar de Texas en vez de estar en el Despacho Oval. Sólo hay una razón por la que estoy aquí: he hallado la fe, he encontrado a Dios; estoy aquí a causa del poder de la oración». Algún tiempo después declaró a la prensa: «La fe me sostuvo en momentos de éxito y decepción. Sin ella, sin duda, hoy no estaría aquí». Sobre este inquietante aspecto de la personalidad del texano se refirió a finales del 2005 el entonces ministro de Exteriores palestino Nabil Shaath. El político aseguró en una entrevista que durante un encuentro con Bush, éste le confesó, totalmente en serio, que las invasiones de Afganistán e Irak formaban parte de un plan divino, pues Dios le había encomendado la misión de «estabilizar» Oriente Medio. En el mismo sentido se explayó a gusto Wayne Slater, íntimo amigo de Bush desde la niñez. Afirmó: «El presidente nunca ha dicho en público: 'Dios desea que yo sea el candidato y yo soy quien Él quiere en la Casa Blanca´; pero en privado sí dice que Dios lo escogió a él». Por su parte, David Gergen, asesor de varios presidentes estadounidenses, declaró que «Bush cree que la Providencia salvó su vida y ahora él se siente, en cierto modo, un instrumento de la Providencia». «GUERRA SANTA» Después de los terribles atentados del 11–S, las alusiones religiosas de Bush se hicieron más constantes. Citemos, a modo de ejemplo, algunas de sus frases: '; «Y la luz (Estados Unidos) resplandeció sobre las tinieblas (enemigos de los Estados Unidos), y las tinieblas no prevalecerán contra la luz (EE UU vencerá a sus enemigos)». '; «Aquel que no está con nosotros, está contra nosotros. (...) Sabemos que Dios no es neutral». '; «Tengo una tarea que realizar y con las rodillas dobladas pido al buen Señor que me ayude a cumplirla con sabiduría». '; «La guerra que nos espera (contra el terrorismo) es una lucha monumental entre el bien y el mal. Será larga y sucia. (...) Dios está con nosotros, Dios bendiga América». Durante la ceremonia religiosa en recuerdo a las víctimas del 11–S, Bush invitó a sus asesores espirituales e íntimos amigos Billy Graham y Jerry Falwell a que dijeran unas palabras. El primero «soltó» que los atentados habían sido un castigo de Dios al pueblo estadounidense por haberse alejado del camino de Dios. El segundo llegó más lejos y culpó a los gays, las abortistas, las feministas y los defensores de los derechos civiles de «crear un ambiente en el cual Dios ha permitido que el velo de su protección sea levantado». Desde la fatídica fecha de los ataques contra Washington y Nueva York, Bush lee pasajes de la Biblia todos los días y siempre comienza las reuniones de su gabinete con una oración. Un mes antes del comienzo de la invasión de Irak, el presidente asistió como invitado de honor a la convención de la Asociación Anual de Comunicadores Religiosos, es decir, de los telepredicadores más influyentes. Allí escuchó sin pestañear a quienes le describían en sus discursos como «el hombre elegido por Dios en esta hora de nuestra patria». También trascendió a la prensa que momentos antes del discurso televisado en el que declaraba le la guerra a Sadam Huseín, les pidió a sus asesores que le dejaran a solas diez minutos para orar. Y durante la contienda rezaba por las noches, según ha confesado el propio Bush, «para buscar guía, sabiduría y fuerza». Su fervor religioso le jugó una mala pasada cuando bautizó la guerra contra Bin Laden y los suyos como «Cruzada contra una Nueva Clase de Mal». La casa Blanca tuvo que pedir disculpas por tan desacertada expresión.
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