Exorcismo en Almansa: Cuando la fe se volvió locura
Crónica del ritual exorcista que conmocionó a España en 1990 y que se cobró la muerte de la pequeña Rosi de 11 años.
La mañana del 18 de septiembre de 1990 quedó marcada para siempre la memoria de la localidad de Almansa, un pueblo de Albacete que despertó con la noticia de un crimen tan irracional como terrible y espantoso. Una niña de once años había sido asesinada por su propia madre, Rosa Gonzálvez Fito, conocida entre sus vecinos como “la curandera”, durante lo que ella creía un ritual de exorcismo. Convencida de que su hija estaba tomada o poseída por el demonio, actuó movida por un delirio indescriptible junto a su amiga María Ángeles Rodríguez Espinilla. Ambas fueron absueltas años después al considerarse que sufrían una grave alteración mental. Más de tres décadas después, el llamado “exorcismo de Almansa” sigue siendo uno de los episodios más perturbadores de la crónica negra española.
El suceso ocurrió en una vivienda de la calle Valencia número 4, en el que Rosa ejercía desde mediados de los años ochenta como una curandera o sanadora. Muchos vecinos acudían allí en busca de alivio para sus males físicos o espirituales. La mujer, nacida en el mismo pueblo, se había ganado una reputación en el que muchos/as decían que “ponía la mano y curaba”. Su aparente “don” atrajo la atención de decenas de personas, entre ellas María Ángeles, una joven de 28 años que pronto se convirtió en su ayudante a la par que confidente. Ambas compartían una religiosidad radical y una creciente obsesión por las fuerzas del mal.
Con el paso de los meses, las dos mujeres comenzaron a interpretar cualquier desgracia o malestar como la manifestación del mal o de una presencia demoníaca. Los informes judiciales posteriores describen una “simbiosis delirante” entre ambas, marcada por una relación en el que había una dependencia emocional y por creencias esotéricas compartidas.
A mediados del mes de septiembre de 1990, Rosa convenció a su amiga de que su esposo, Martín, había poseído su cuerpo. Las supuestas “limpiezas espirituales” que practicaban en la casa y se convirtieron en episodios de violencia ritual.

Ritual exorcista y crimen en Almansa
Durante la tarde del 17 de septiembre, la tensión alcanzó un punto sin retorno. Entre oraciones, gritos y gestos incoherentes, Rosa y María Ángeles aseguraban que el mal se había apoderado también de la hija de la curandera, la pequeña Rosi, de once años. El delirio se apoderó de ellas y derivó en una escena dantesca que horrorizó incluso a los agentes de la Guardia Civil cuando entraron al domicilio. La niña fue sometida a un ritual brutal en el que perdió la vida, víctima de la psicosis de su madre y de su cómplice.
El abogado Emilio Sánchez, que entonces trabajaba en los juzgados de Almansa, recuerda haber visto a Rosa la mañana de su detención. Decía: “Vestía un camisón blanco, estaba cubierta de sangre y su rostro era pura desolación. Aquella imagen nunca se me borrará”. El suceso, pese a su extrema violencia, pasó casi inadvertido en los medios nacionales, eclipsado por la reciente matanza de Puerto Hurraco (Extremadura), que acaparaba las portadas de los diarios en aquellas semanas.

El juicio se celebró el 22 de enero de 1992 en la Audiencia Provincial de Albacete. Los informes periciales resultaron determinantes: tanto Rosa como María Ángeles sufrían en el momento de los hechos un episodio psicótico agudo de tipo esquizofreniforme, lo que anulaba completamente su capacidad de comprender la realidad. La sentencia reconoció la eximente completa de enajenación mental y ordenó que ambas fueran internadas en el hospital psiquiátrico penitenciario de Alicante. Una tercera implicada, María Mercedes Rodríguez, hermana de María Ángeles, fue absuelta de los cargos más graves al acreditarse un trastorno mental transitorio. Ninguna de las tres pisó una prisión común.
El abogado defensor Tesifonte Enrique Tomás, que representó a María Ángeles, recordaría años después la profunda confusión de su clienta. “Me decía que no recordaba nada. No era consciente de lo que había hecho”, declaró. Para él, la fe radical y el reconocimiento social de Rosa como sanadora alimentaron una peligrosa fantasía mesiánica. Sobre ello indicó que “llegó a creerse un ángel que podía salvar a los demás del mal”.

El caso abrió un debate sobre los límites entre la superstición, la enfermedad mental y la responsabilidad penal. La trabajadora social y criminóloga Marta P. García Caro sostiene que “una persona bajo un delirio esquizoide actúa fuera de toda racionalidad; su sistema de creencias y el contexto sociocultural determinan las manifestaciones del delirio”. En el caso de Rosa, el marco religioso y el ambiente de Almansa condicionaron su percepción de la realidad: el mal y el demonio eran enemigos reales –como lo veía bajo su percepción- contra los que debía luchar.
Tras su salida del hospital psiquiátrico, Rosa se trasladó a la provincia de Alicante, donde trabajó como cuidadora de personas mayores. Vecinos y familiares la recuerdan como una mujer discreta, que caminaba por Almansa con el rostro cubierto por una bufanda para evitar ser reconocida. María Ángeles, por su parte, se separó de su esposo y desapareció del pueblo, intentando rehacer su vida lejos del estigma.
La vivienda donde ocurrieron los hechos fue durante años un lugar maldito. En su fachada llegó a verse una cruz invertida pintada en rojo, símbolo de la tragedia que allí se vivió. Los nuevos propietarios tardaron dos décadas en venderla; finalmente, fue demolida y sobre el solar se levantó un edificio con cocheras. Hoy no queda rastro físico del lugar donde una madre, atrapada en el abismo de la locura, creyó estar combatiendo al mismísimo demonio.








Comentarios
Nos interesa tu opinión