Creencias
23/06/2010 (09:45 CET)
Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
Los secretos del chamanismo al descubierto
Chamán es el que domina la energía, el gran mago, el hechicero que controla el bien y mal. Es a la vez curandero, sanador y freno del lado oscuro. Todas estas descripciones nos valdrían para definirlo Pero existe algo siniestro que se esconde siempre tras esta denominación: el afán de poder.
Cuántas veces hemos escuchado esta palabra
Y es que, a veces, parece que cualquiera puede ser chamán; es suficiente leer unos cuantos libros o –los más atrevidos– internarse en la jungla en busca de ese "yo" que conducirá al culmen del conocimiento y del poder. He conocido a muchos que así lo creyeron, y a modo de muestra voy a relatar algunos de los casos más interesantes.
Durante aquel atardecer selvático me encontraba en el malecón de la ciudad de Iquitos, en Perú, frente al río Itaya. Disfrutaba de un maravilloso atardecer, cerveza en mano, en una paz que sólo rompía la música de los Rolling Stones que salía del bar en el que estaba, el Fitzcarraldo. Poco más podía pedir a la vida en aquel momento: los Rolling y la naturaleza, una mezcla exraña, pero tan efectiva como el LSD. En aquel momento se me acercó un hombre con acento catalán, que muy decidido me dijo: "Hola, ¿eres español?". Era un tipo fuerte, con aspecto bonachón, y extremadamente amable. No dudé en quedarme tomando unas cervezas con él, charlando. Además, su conversación me parecía sumamente interesante.
Antonio –así se llamaba aquel personaje– se encontraba en Iquitos buscando la "luz", la iniciación chamánica. Me pareció más serio que muchos de los aspirantes a chamanes que había conocido en mis periplos selváticos. Al menos éste había realizado dietas con chamanes. Dicha dieta consiste en viajar al centro de la selva con un chamán y permanecer allí durante quince o veinte días, tan sólo acompañado por un camastro hecho con trozos de palmera o chonta selvática y una mosquitera. Esa sería la única protección de la jungla. Allí se deben pasar los días y las noches, meditando, con las únicas visitas del chamán, quien lleva ayahuasca al aspirante, le hace vomitar y, por si pareciese poco, de vez en cuando facilita yaguarpanga, una hierba limpiadora que saca por todos los orificios del cuerpo los males del mismo.
Es evidente que a los pocos días el cuerpo se queda al borde de la deshidratación y del desfallecimiento. En las noches de la jungla parece escucharse y verse de todo. Junto al aprendiz sólo hay una vela y la ligera tela del mosquitero, que separa de aquel terrible mundo que muchas veces parece que existe al otro lado. Con esta dieta todos los sensores del cuerpo están al limite, se oye lo que los demás no oyen, y ello, junto a lo que se ve o imagina con las alucinaciones de las plantas sagradas, puede generar unas experiencias que pueden ser terribles, o quizás iluminen y hagan ver a quienes las experimentan lo que realmente se desea de la vida. Esa es la autentica iniciación, la aclaración de las ideas. Pero cuidado. La mayoría de quienes acuden a estos rituales tiene otras intenciones, básicamente las de colocarse y alucinar como si fuese una simple toma de droga. Es entonces cuando la reina de las plantas sagradas da una lección y una paliza física que cuesta tiempo olvidar.
(Continúa la información en ENIGMAS 175)
Juan José Revenga
Durante aquel atardecer selvático me encontraba en el malecón de la ciudad de Iquitos, en Perú, frente al río Itaya. Disfrutaba de un maravilloso atardecer, cerveza en mano, en una paz que sólo rompía la música de los Rolling Stones que salía del bar en el que estaba, el Fitzcarraldo. Poco más podía pedir a la vida en aquel momento: los Rolling y la naturaleza, una mezcla exraña, pero tan efectiva como el LSD. En aquel momento se me acercó un hombre con acento catalán, que muy decidido me dijo: "Hola, ¿eres español?". Era un tipo fuerte, con aspecto bonachón, y extremadamente amable. No dudé en quedarme tomando unas cervezas con él, charlando. Además, su conversación me parecía sumamente interesante.
Antonio –así se llamaba aquel personaje– se encontraba en Iquitos buscando la "luz", la iniciación chamánica. Me pareció más serio que muchos de los aspirantes a chamanes que había conocido en mis periplos selváticos. Al menos éste había realizado dietas con chamanes. Dicha dieta consiste en viajar al centro de la selva con un chamán y permanecer allí durante quince o veinte días, tan sólo acompañado por un camastro hecho con trozos de palmera o chonta selvática y una mosquitera. Esa sería la única protección de la jungla. Allí se deben pasar los días y las noches, meditando, con las únicas visitas del chamán, quien lleva ayahuasca al aspirante, le hace vomitar y, por si pareciese poco, de vez en cuando facilita yaguarpanga, una hierba limpiadora que saca por todos los orificios del cuerpo los males del mismo.
Es evidente que a los pocos días el cuerpo se queda al borde de la deshidratación y del desfallecimiento. En las noches de la jungla parece escucharse y verse de todo. Junto al aprendiz sólo hay una vela y la ligera tela del mosquitero, que separa de aquel terrible mundo que muchas veces parece que existe al otro lado. Con esta dieta todos los sensores del cuerpo están al limite, se oye lo que los demás no oyen, y ello, junto a lo que se ve o imagina con las alucinaciones de las plantas sagradas, puede generar unas experiencias que pueden ser terribles, o quizás iluminen y hagan ver a quienes las experimentan lo que realmente se desea de la vida. Esa es la autentica iniciación, la aclaración de las ideas. Pero cuidado. La mayoría de quienes acuden a estos rituales tiene otras intenciones, básicamente las de colocarse y alucinar como si fuese una simple toma de droga. Es entonces cuando la reina de las plantas sagradas da una lección y una paliza física que cuesta tiempo olvidar.
(Continúa la información en ENIGMAS 175)
Juan José Revenga







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