Enigmas y anomalía

Científicos validan estos clavos como los de la crucifixión de Cristo

Un geólogo israelí ha publicado los resultados de un estudio sobre los clavos hallados en la tumba de Caifás

Josep Guijarro

Periodista y escritor

9 de Noviembre de 2020 (15:40 CET)

Científicos validan estos clavos como los de la crucifixión de Cristo
Científicos validan estos clavos como los de la crucifixión de Cristo

Un par de clavos de época romana que hasta ahora se almacenaban en un laboratorio de la Universidad de Tel Aviv podrían estar relacionados nada más y nada menos que con la crucifixión de Jesucristo. Es la principal conclusión a la que llega el geólogo israelí Aryeh Shimron tras efectuar un análisis físico y químico de los restos procedentes de una cueva funeraria en Jerusalén donde se enterró -presuntamente- al sumo sacerdote judío Caifás, el mismo que según los evangelios, jugó un papel clave a la hora de sentenciar a muerte a Jesús.

El equipo de Shimron encontraró rastros microscópicos de madera y hueso incrustados en las púas de metal, lo que, según dicen, indica claramente que, estos clavos de 2.000 años de antigüedad, estuvieron involucrados en una crucifixión, explica el diario Haaretz, aunque no necesariamente tiene que ser la de Jesús. Los clavos fueron hallados por casualidad en 1990. Se encontraban en una cueva funeraria judía del siglo I. Los arqueólogos de la Autoridad de Antigüedades de Israel encontraron uno de los clavos dentro de un osario y el otro fue desenterrado en el suelo, cerca de una caja en la que se leía “José, hijo de Caifás” (Kayafa en hebreo).

Osario judío con la inscripción Kayafas

Osario judío con la inscripción Kayafas

Según los arqueólogos, los cuerpos fueron depositados en unos nichos excavados en la cueva situada en los viales del Bosque de la Paz de Jerusalén, un parque en el sur de la ciudad. Una vez que la carne se descompuso, los huesos fueron guardados en osarios. Uno de ellos decorado con rosetas, llevaba inscrito en arameo el nombre de Caifás y en otro se leía "José, hijo de Caifás". José era otro de los nombres del sumo sacerdote judío conocido como Caifás, quien gobernó en Jerusalén entre los años 16 y 36 de nuestra era y entregó a Jesús al prefecto romano Poncio Pilato para que lo ejecutara.

En el interior del osario se encontraron los restos de un hombre de unos 60 años.

Como es lógico, el hallazgo causó gran polémica porque certificaba los hechos narrados en el Nuevo Testamento, pero misteriosamente, las pruebas desaparecieron. En realidad, cayeron en el olvido porque siempre estuvieron en un laboratorio de la Universidad de Tel Aviv donde se conservaba otro clavo de la crucifixión. Dos décadas después del hallazgo de la tumba, el cineasta israelí Simcha Jacobovici recogió la historia para un documental.

El estudio de Aryeh Shimron pone en evidencia que, a lo largo de los siglos la tumba de Caifás (hoy pavimentada) parece haberse inundado con frecuencia, y no solo por las fuertes lluvias ocasionales sino por un acueducto del período helenístico que proporcionó agua a Jerusalén hasta tiempos modernos. Esta infraestructura pasaba a pocos metros de la tumba y, a causa de los desbordes periódicos, fue la causa más probable de las inundaciones y hongos en la cueva de los osarios. Para comprobar cómo afectaba a los clavos, los científicos tomaron muestras de sedimentos de otros 40 osarios y 25 tumbas de la Ciudad Santa, y ninguno de ellos mostró huellas químicas y físicas similares. Por consiguiente, la conclusión de Shimron es clara: los clavos del laboratorio de Tel Aviv provenían de esa cueva en particular.

Los geólogos también encontraron diminutos fragmentos de hierro en el interior del osario de “José, hijo de Caifás”, lo que sugiere que el clavo que se encontró enterrado en el polvo de la cueva pudo haber sido colocado inicialmente en la caja del sumo sacerdote. “Ciertamente no estoy afirmando que estos sean los clavos de la crucifixión de Jesús”, advierte el investigador al diario Haaretz. “Prefiero no sugerir de quién son los restos. Todos pueden decidir por su cuenta“, concluye.

Otros académicos entrevistados por el mismo medio desestimaron el estudio por considerarlo altamente especulativo y dijeron que no hay suficiente evidencia para conectar estos clavos de los que hasta ahora se desconocía su procedencia a un sitio específico o para afirmar que fueron usados ​​para crucificar a alguien, y mucho menos a Jesús.

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