Enigmas y anomalía

Adictos a la adrenalina: desafíos extremos y asombrosos

Más difícil todavía. En una sociedad que tiende al exceso se necesitan estímulos cada vez más impactantes para producir sensaciones. Esto explica algunos de los desafíos extremos que hemos reunido a continuación y que nos hacen sacar toda la adrenalina que llevamos dentro.

Josep Guijarro

Periodista y escritor

3 de Enero de 2020 (13:30 CET)

Adictos a la adrenalina: desafíos extremos y asombrosos
Adictos a la adrenalina: desafíos extremos y asombrosos

Todos nos hemos enternecido con las aventuras del anciano Carl Fredricksen en Up: una aventura de altura, una película de animación producida por Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios que ganó dos premios Óscar en 2009. Su gesta consistió en hacer volar la casa que compartió con su amada desde los Estados Unidos hasta las Cataratas del Paraíso, en Venezuela. Para ello, empleó 20.622 de globos de helio según consta en IMDb, el mayor sitio de información sobre películas. Si, en lugar de una animación, hubiéramos querido elevar una casa como la de Carl, habrían hecho falta 12.658.392 globos repletos de helio, según la física.

Pero, se preguntará: ¿A quién puede interesarle la cantidad de globos necesaria para elevar una casa? La respuesta es clara: a Tom Morgan, un joven de 38 años que vive en Bristol y que, para más señas, fundó la empresa The Adventurists: profesionales de la aventura. Este británico adicto a la adrenalina se inspiró en Up! para realizar una travesía por Sudáfrica sentado en una silla de camping atada a un centenar de globos de colores, como los de la película infantil. Tras suspender su gesta hace tres años, en octubre de 2017 se pasó dos días hinchando un centenar de globos multicolores, que equivalen a 144 metros cúbicos de helio, en un almacén situado al norte de Johannesburgo, y cuando estuvo todo listo, se sentó en la silla sólo con «unas galletas de jengibre, una botella de agua, un cuchillo y un libro.»

Morgan alcanzó los 2.529 metros de altura y voló durante 24 Km. hasta que, el viento le empujó hacia el aeropuerto y, con su cuchillo, fue haciendo estallar uno a uno los globos hasta descender.

Tom tuvo más suerte que el sacerdote brasileño Adelir Antonio de Carli quien, en 2008, apareció muerto en alta mar tras volar agarrado a 1.000 globos de fiesta. Había partido desde Paranaguá, un estado ubicado al sur de Brasil, y se dirigía hacia Dourados, en el Mato Grosso do Sul, cerca de Paraguay pero los vientos le llevaron a la costa y perdió el contacto con el equipo de tierra.

¿Qué puede impulsar a una persona a proponerse objetivos casi imposibles a perseguir desafíos tan extremos? El psicólogo José Madollel lo tiene claro: «La exposición al riesgo dispara la adrenalina y, para algunos individuos este estado de activación resulta muy excitante.» Según los neurobiólogos, se debe especialmente a los picos de dopamina, un neurotransmisor cerebral asociado a las sensaciones de placer y bienestar, que pueden resultar muy adictivas. 

En el siglo XVI, un oficial imperial de la dinastía Ming, fabricó una nave espacial con una silla y 47 cohetes atados a ella.

La sociología habla abiertamente de que vivimos en la cultura del riesgo pero, en honor a la verdad, los desafíos extremos no son cosa del siglo XXI. Aunque el primer astronauta de la historia fue el soviético Yuri Gagarin, que en 1961 salió de la órbita terrestre a bordo del “Vostok”, en el siglo XVI, un oficial imperial de la dinastía Ming, la penúltima que tuvo China, fabricó una nave espacial con una silla y 47 cohetes atados a ella.

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Se llamaba Wan Hu y según las crónicas se pasaba las noches contemplando la Luna y las estrellas, alimentando el deseo de conocerlas de cerca. Además de los 47 potentes cohetes de pólvora, Hu anudó a su silla «espacial» dos grandes cometas, que creyó le ayudarían a mantenerse en el aire. Su reto le costó la vida pero sirvió de banco de pruebas en el siglo XX para que Wendell F. Moore y Edward G. Ganczack inventaran el primer cinturón de cohetes en 1961. Su ingenio fue financiado por las fuerzas aéreas norteamericanas y puesto a prueba por Harold Graham. Voló 33 metros en 13 segundos gracias a un cohete propulsado por peróxido de hidrógeno. Con el tiempo el diseño original se perfeccionó y acabó siendo utilizado por la NASA para que los astronautas puedan moverse fuera de los transbordadores espaciales.

Más original fue Clem Sohn quien experimentó el vuelo con trajes de alas fabricadas con lona, huesos de ballena y seda. En 1937 se tiró al vacío desde un avión a 10.000 pies. Su paracaídas no se abrió. Otros «hombres pájaro» le seguirían con el mismo resultado: 70 muertos en el período entre 1930 y 1960. Lo dicho: adictos a la adrenalina.

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