El códice de los muertos: los cráneos rituales de Puebla
En Puebla, los muertos no solo son recordados, algunos cráneos fueron tallados como obras rituales eternas, un lienzo sagrado
A simple vista, son solo huesos. Pero basta mirar más de cerca para darse cuenta de que esos cráneos están hablando. Y lo que dicen no es cualquier cosa. Decorados con surcos profundos, alterados intencionadamente para cambiar su forma, marcados con símbolos y pigmentos… ¿Quién hace eso con los muertos? ¿Por qué alguien convertiría una cabeza humana en un objeto ritual, en una suerte de códice óseo? Las respuestas, como suele ocurrir, no están todas claras. Pero las preguntas ya nos están señalando que algo extraordinario ocurrió.
La colección se encuentra bajo custodia de la Casa del Mendrugo, en Puebla, México. No proviene de una excavación arqueológica oficial, sino de una historia más íntima y misteriosa: un legado donado por un notario –Roberto Ortiz Dietz– que, consciente del valor simbólico de estos restos, decidió preservarlos. Cráneos humanos con modificaciones craneales y decoraciones esculpidas. ¿Objetos de arte? ¿Talismanes? ¿Restos sagrados? ¿Mensajes desde otro tiempo?

¿Quiénes eran estas personas?
Los estudios preliminares apuntan a que se trata de nueve hombres y una mujer. Todos adultos. Pero nada en ellos es “normal”. Sus cráneos han sido deliberadamente deformados –una práctica que en Mesoamérica solía reservarse para élites o personas con un papel ritual significativo–, y posteriormente fueron decorados con técnicas sofisticadas de acanalado. No es rayado fino: son surcos amplios, simétricos, algunos con pigmento rojo, otros formando rostros y escenas que giran como si fueran una secuencia narrativa. Como si contaran una historia.
No hay muchos ejemplos similares en la arqueología mesoamericana. Y ninguno tan elaborado. El trabajo sobre hueso fresco, las marcas perimortem y la preservación anatómica de elementos tan frágiles como los huesecillos del oído apuntan a una manipulación muy próxima a la muerte. Lo que nos lleva a otra pregunta inquietante... ¿Cuándo vivieron y por qué fueron decoradas?
Aunque la colección carece de un contexto arqueológico preciso, su estilo iconográfico sugiere una filiación con el área Mixteca-Puebla, una región profundamente ritualizada donde el cuerpo era mucho más que un envoltorio: era un lienzo, un vehículo, un mapa del alma.
La decoración se realizó cuando el hueso aún era blando, lo que indica que no esperaron a que se descompusiera el cadáver. Algunas marcas de corte podrían haber sido parte del proceso de preparación del cráneo. Pero lo que resulta más desconcertante es la posibilidad de que estas personas fueran transformadas en vida para convertirse, tras su muerte, en algo más. ¿Un oráculo? ¿Un objeto de culto? ¿Un fragmento del cosmos? El cuerpo intervenido, en esta visión, deja de ser cadáver para convertirse en signo.

¿Qué rol cumplía esta transformación corporal?
En una región donde la Gran Pirámide de Cholula –la más voluminosa del mundo– fue atribuida por la tradición a gigantes que desafiaron a los dioses, la noción de “alterar el cuerpo para acercarlo al poder” no suena descabellada. Las deformaciones craneales, la simbología compleja, incluso el uso de pigmentos, nos remiten a una intencionalidad que va más allá de lo estético. Se trataba, quizás, de encarnar la divinidad, de consagrar el cuerpo como instrumento ritual.
No olvidemos que muy cerca, en el llamado Altar de los Cráneos Esculpidos de Cholula, se encontraron representaciones óseas y restos de élite. Aunque los cráneos allí no estaban decorados con la misma técnica, el paralelismo es tentador: la muerte no como final, sino como puente simbólico entre el mundo humano y el sobrenatural.
El cuerpo transformado no es sólo testimonio biológico. Es también un texto, un emblema, una declaración de intenciones. Intervenir un cráneo es alterar el recipiente del alma, según muchas culturas mesoamericanas. Es como tallar un códice en piedra viva.

Los investigadores que han analizado esta colección plantean que estas personas pudieron haber sido figuras de poder. Chamanes. Señores. Custodios del saber. Sus cráneos, transformados, servirían para conservar no sólo su memoria, sino su energía, su rol en la cosmogonía. Tal vez eran intermediarios. Tal vez eran contenedores de mensajes. Tal vez eran... los gigantes simbólicos de su época.
Hoy, siglos después, esos cráneos están en vitrinas, accesibles al público a través de modelos digitales en Sketchfab, mientras un equipo interdisciplinario intenta descifrar sus secretos. Pero su misterio sigue intacto. Porque nos obligan a mirar de frente las preguntas que no queremos hacernos: ¿qué significa ser humano? ¿Hasta dónde puede transformarse un cuerpo antes de dejar de serlo? ¿Y si esas alteraciones no eran aberraciones, sino un camino hacia lo divino?
En Puebla, tierra de leyendas, donde los gigantes aún caminan por las faldas de los volcanes y los huesos hablan desde el pasado, los cráneos de la Casa del Mendrugo nos recuerdan que a veces el misterio no está en lo que falta, sino en lo que decidimos no ver.








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