Lugares mágicos
01/11/2004 (00:00 CET)
Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
Marabús: los elegidos de Alá
AÑO/CERO ha viajado al corazón de algunos países musulmanes de África para conocer una forma de pensar y vivir la fe del Islam que surgió de la síntesis que se produjo entre éste y las tradiciones mágico-animistas de los pueblos autóctonos: un universo mental y espiritual muy distinto al que sustenta el Occidente moderno.
Ahmed es un joven con formación universitaria y está casado con una española. Aunque estudió en Madrid y en Euskadi, es un musulmán devoto. Mientras compartíamos un té de menta en su casa de Nouachott, capital de Mauritania, nos describe con todo detalle algunas capacidades paranormales de los hombres santos del Islam. Ahmed afirma que ha sido testigo presencial de estas demostraciones de un poder que sólo puede calificarse como sobrenatural.
Según sostiene, esos individuos son capaces de levitar, materializar objetos, curar enfermedades mortales Pero nada de ello se debe a sus méritos, sino a Alá, el misericordioso. El joven está convencido de que Dios escogió a estos hombres entre los demás mortales y que ellos aceptaron esa misión como un servicio sagrado.
A través de los ojos del joven mauritano, descubrimos un mundo de tradiciones secretas que rara vez llega a los escasos circuitos turísticos del país. Mucho más respetuosos con sus propias creencias que los cristianos, los musulmanes no suelen comerciar con las cosas de Dios. Por esa razón, nuestro traductor no aceptó ninguna remuneración económica por acompañarnos a Atar, en pleno desierto del Sáhara, para conocer a uno de esos enigmáticos individuos.
El Gran Marabú de Atar, el Chej Elycheij Oulol Moma, ha sido visitado y consultado por príncipes, reyes y jefes de estado de todo el mundo. Incluso ha recibido en audiencia a los monarcas de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, durante la visita de los soberanos a Mauritania. Los reyes españoles habían oído hablar de los portentosos poderes sobrenaturales del Chej y solicitaron una audiencia para conocer personalmente a tan insólito personaje.
Cuando nos presentamos ante el Chej, identificándonos como españoles, el Gran Marabú nos pidió que trasmitiésemos un saludo a los «Príncipes de España», Don Juan Carlos y Doña Sofía. Ante mi rectificación de que nuestros monarcas no son príncipes, sino reyes, su respuesta fue concluyente: «No hay más rey que Alá».
También el Rey Hassan de Marruecos había sido recibido por el Chej, tras esperar durante un día entero a que el santón acabase sus oraciones para atenderlo. Tuvo mucha suerte. El Rey de Mauritania debió esperar dos días antes de pedir consejo al santón. Y es que el Chej no se deja impresionar por las coronas. Su trato con reyes, según él «príncipes», presidentes o jeques del petróleo, es exactamente el mismo que dispensa a los camelleros, a los pescadores o a los mendigos. El hecho de que se permitiese el lujo de hacer esperar dos días a un rey antes de concederle una audiencia ilustra gráficamente nuestra inmensa fortuna.
A una hora muy temprana de la mañana éramos recibidos en audiencia por el Gran Marabú de Atar. En compañía de un médico cooperante español, me dirigí al palacete del Chej, en las afueras de Atar. Tuvimos que entrar en el palacio por la parte trasera, ya que la puerta principal estaba llena de devotos que hacían guardia con la esperanza de poder ver al Chej, siquiera fugazmente. En el Sáhara, los devotos de un antón como el de Atar llegan a utilizar puñados de la arena que ha pisado el Chej para aplicarlos directamente sobre las heridas, convencidos de los poderes milagrosos del suelo pisado por un elegido de Alá. Es un ejemplo del fervor y la devoción con que los musulmanes depositan todas sus esperanzas en estos «hombres santos».
Atravesamos los establos rodeados de ovejas, camellos y vacas, y en tan pintoresco contexto tuvimos nuestro primer encuentro con el Chej de Atar. Aparentaba unos 65 o 75 años. Vestía completamente de blanco, salvo sus calcetines color crema y sus sandalias marrones. Su piel oscura, maltratada por el sol del desierto, hacía resaltar más su enorme sonrisa y la profundidad de su mirada que, aquejada de unas incipientes cataratas, confería mayor misterio a sus ojos oscuros. Inmediatamente Miguel Ángel, el médico que me acompañaba, ofreció al Chej la posibilidad de llevarle al hospital para hacerle una revisión ocular. Sin dejar de sonreír ni un instante, el Chej nos miró uno por uno y nos respondió que no era necesario: «yo no os miro con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del espíritu...». Según los marabús, Alá puede iluminar la vida de los hombres con mucha más luz y claridad que el sol en el desierto.
Esa iluminación debe trasmitirse a través del marabú al resto de los mortales. Por esa razón, los grandes hombres santos, como el Chej de Atar, tienen bajo su responsabilidad sanatorios, escuelas y orfanatos, donde forman o curan a los abundantes huérfanos que suelen adoptar bajo su tutela, con el fin de iniciarlos en una vida regida por El Corán.
La patria de los marabús
En el zoco de Nouachott, como en otros muchos mercados del mundo islámico, es posible contemplar una insólita escena: al ritmo de tambores y campanillas, una procesión de devotos se pasea entre los puestos de venta cantando alabanzas a un determinado marabú. Se trata de jóvenes que en su día fueron recogidos de las calles por tal o cual hombre santo, y que ahora contribuyen a las arcas del marabú pidiendo limosna de forma tan vistosa.
Según Ahmed, algunos de los marabús más venerados en el mundo islámico han vivido o viven en Senegal, y allí deberíamos dirigirnos si queríamos comprender la influencia de estos enigmáticos personajes en la comunidad musulmana. Así que alquilamos un coche y decidimos cruzar nuevamente el país en dirección al sur, hacia la frontera de Senegal.
Llegamos al puesto fronterizo de Rosso en medio de una gran expectación. No es frecuente ver blancos en aquel rincón apartado del mundo. De hecho, no vimos a ninguno. Cambiamos ouyas, la moneda mauritana, por las cefas senegalesas. Luego contratamos una barca para cruzar el imponente río Senegal, frontera natural entre ambos países.
Tras abandonar la lancha, ya en suelo senegalés, contratamos un chófer para continuar nuestro viaje hacia el sur. No hizo falta dar un paso más para encontrar una muestra de la influencia del marabú en la cultura africana. Abugil, nuestro chófer, llevaba una foto del gran marabú Bansú colgada del espejo retrovisor de su coche.
Igual que los conductores europeos cuelgan supersticiosamente imágenes de santos, la Virgen María, Jesucristo, u otros iconos religiosos en los retrovisores de sus vehículos, con la esperanza de que les protejan en la conducción, Abugil confiaba al gran marabú Bansú la realización de un viaje favorable y sin accidentes. «Mi marabú vive al oeste de Dakar y tiene grandes poderes sobrenaturales nos explicó Abugil. Es un elegido de Alá».
A medida que recorremos kilómetros a través del continente negro en nuestro viaje hacia el sur, desfilan ante nosotros diferentes poblaciones: Nedelle, Negallee, etc. Hasta que por fin llegamos a Saint Louis, la segunda ciudad del país. Decidimos pasar la noche en esta urbe Nos alojamos en el Hotel La Poste, un edificio asociado con extraordinarias historias de la época colonial francesa. En la calle, basta caminar unos metros para encontrarse con las imágenes de los grandes marabús. Antropológicamente hablando, resulta fascinante descubrir hasta qué punto se halla presente la influencia de estas figuras religiosas en la cultura popular africana.
Es costumbre utilizar sus imágenes como reclamo para atraer la suerte o conseguir protección contra el mal, aparte de que su exhibición constituye un respetuoso homenaje hacia estos «hombres santos». Por eso, no sólo en la plaza donde se alzaba nuestro hotel, sino en casi todas las calles, tiendas, avenidas o mezquitas, pudimos fotografiar pinturas y dibujos que representaban a los marabús más importantes de Senegal.
La colonización islámica del África animista creó formas de sincretismo religioso, muy similares a las que protagonizó el cristianismo en su conquista de América. En el Nuevo Mundo, la influencia del catolicismo primero, y del protestantismo después, produjo una síntesis entre la religiosidad europea y las antiguas religiones precolombinas, que más tarde recibiría la influencia de las creencias animistas llevadas por los esclavos negros. Santeros, hougan, mambos, paleros, babalaos, bokors, mais de santo, y una larga lista de personajes mágicos, surgieron de esa dispar mezcla de creencias religiosas, cuyos orígenes eran muy distintos . De alguna manera, los marabús son, a su vez, el fruto del sincretismo del Islam con las religiones animistas locales de África. Por eso, no es de extrañar que algunos de los marabús senegaleses que conocimos combinasen herramientas y técnicas de adivinación de origen africano, como la consulta de las caracolas, con la utilización de versículos del Corán, inscritos en sus amuletos y salmodiados en sus curaciones.
Esos sistemas de adivinación, como los «buzios», exportados por los esclavos negros a las colonias del Nuevo Mundo a partir del siglo XVI, y que han sido popularizados por los santeros cubanos o los houngan haitianos, todavía pueden contemplarse en muchas ciudades de Mauritania, Senegal o Egipto en manos de los brujos animistas o de los marabús islámicos.
Jinn, los aliados secretos
A poco más de una hora de carretera desde St. Louis, circulando en dirección Sur, se encuentra Kebemer. Desde ahí parte un desvío hacia el Este en dirección a Touba, donde se erige la mansión del Gran Marabú de Senegal, un punto de peregrinación importante para miles de creyentes en los poderes mágicos y espirituales de estos hombres santos.
Llegamos a Dakar, la capital de Senegal, tras 250 kilómetros de carreteras razonables, pero que se ven invadidas por camellos, vacas u otros animales, algo que obliga a conducir con mucho cuidado.
En el barrio de Tongor, perteneciente al pueblo de Yof, a pocos kilómetros de Dakar, establecimos nuestro campamento. Y Alá quiso que escogiésemos justo ese lugar, donde, para nuestro asombro, descubrimos la morada de un genio invisible: un jinn.
En Yof se encuentra una gran finca que aparentemente está abandonada. El solar, sobre el cual no se ha construido nunca, se halla rodeado por edificaciones importantes, como la Casa Aguaba, un acogedor hotel regentado por el español Nicolás de la Carrera, y recomendable para todo viajero que llega a Senegal. Pero nadie se ha atrevido a construir en esa finca, que permanece cercada desde hace generaciones. A pocos metros de distancia, un baobab, el árbol sagrado, subraya el carácter místico del sitio.
La finca es el hogar de Maridiane, un genio femenino, una jinn, que vive allí protegiendo al pueblo. Desde hace generaciones, una familia senegalesa tiene la misión de cuidar el santo lugar y realizar las pertinentes ofrendas a Maridiane. De esta forma, respetando y cuidando al genio del lugar, los pescadores del pueblo pueden pedir su ayuda cuando amenaza tormenta o los bancos de pesca escasean.
Esa devoción popular, repetida en todos los países del mundo islámico africano, es también utilizada por los marabús, a quienes se considera en muchos casos capaces de tratar con los genios y pedirles ayuda para obtener de ellos un determinado servicio.
En Siria, Egipto y otros países, hemos tenido la oportunidad de recoger extraordinarios relatos sobre los poderes de los marabús y sus alianzas con los jinn.
El secreto de las pirámides
«No, señor, la Gran Pirámide no la construyeron los antiguos egipcios, ni tampoco los atlantes, ni los extraterrestres. Fueron ellos... los jinn...». Las palabras de uno de los trabajadores egipcios que participa en las excavaciones arqueológicas en la meseta de Giza reflejan perfectamente el sentir de muchas personas que mantienen las creencias ancestrales. Según las leyendas populares egipcias, estos genios del desierto fueron los constructores y custodios de las pirámides, y todavía hoy, en los albores del siglo XXI, se supone que esas criaturas sobrenaturales vigilan las colosales construcciones, protegiéndolas de los blasfemos y de los profanadores de monumentos sagrados.
Cuenta la leyenda, sustentada por los testimonios de algunos trabajadores de Giza o Sakkara, que muchos afirman haber visto a los jinn con sus propios ojos. Cada pirámide se hallaría bajo la influencia de un genio protector que, en ciertas ocasiones, se deja ver por los mortales. Por ejemplo, la de Kefrén estaría habitada por un fantasma con aspecto de niño, pero que también puede manifestarse transformado en un aterrador gigante. Sin embargo, la Gran Pirámide estaría protegida por un jinn con apariencia de una hermosa mujer. Pero cuando algo amenaza la Pirámide de Keops, ésta se transforma en un impresionante ser dotado de terroríficos dientes puntiagudos
Para el pueblo musulmán, los jinn son tan reales como puedan ser los ángeles de la guarda para los católicos. A medio camino entre Alá y los humanos, ellos son los verdaderos dueños invisibles del planeta. Dependiendo de que el ser humano que entra en contacto con ellos les caiga o no en gracia, podrán someterlo a las burlas más incomprensibles y a los ataques más aterradores o, por el contrario, concederle maravillosos dones y prodigios. Según las creencias populares, los marabús tienen la facultad de aliarse con esos genios.
Waell, uno de nuestros guías en Egipto, nos relataba con la fe del musulmán devoto cómo había visto con sus propios ojos a un marabú que podía saltar desde un edificio de cinco plantas en El Cairo y «ser atrapado en el aire por su genio, evitando así que se estrellara contra el suelo». Relatos como éste nada tienen que envidiar a los supuestos milagros mauritanos que nos relataba Ahmed.
En la mayor parte de las naciones del mundo, los líderes religiosos gozan de un enorme respeto. Pero debido a la particular idiosincrasia teocrática de los países musulmanes una cultura que no ha separado el ámbito estatal y civil del religioso, la influencia que ejerce el marabú sobre la sociedad es mucho mayor que las de un obispo en un país católico. Por esa razón, últimamente todos los servicios secretos dirigen su atención hacia estos líderes religiosos de los países islámicos en conflicto.
¿Qué ocurriría si un marabú convenciera a sus seguidores de que cuentan con el amparo de los jinn para liberar al pueblo de Alá de la opresión occidental? El lema «la illaha ill Allah, Allah». («No existe más Dios que el Único Dios»), tiene un poder movilizador inimaginable para un accidental. Un poder capaz de incendiar el mundo.
Según sostiene, esos individuos son capaces de levitar, materializar objetos, curar enfermedades mortales Pero nada de ello se debe a sus méritos, sino a Alá, el misericordioso. El joven está convencido de que Dios escogió a estos hombres entre los demás mortales y que ellos aceptaron esa misión como un servicio sagrado.
A través de los ojos del joven mauritano, descubrimos un mundo de tradiciones secretas que rara vez llega a los escasos circuitos turísticos del país. Mucho más respetuosos con sus propias creencias que los cristianos, los musulmanes no suelen comerciar con las cosas de Dios. Por esa razón, nuestro traductor no aceptó ninguna remuneración económica por acompañarnos a Atar, en pleno desierto del Sáhara, para conocer a uno de esos enigmáticos individuos.
El Gran Marabú de Atar, el Chej Elycheij Oulol Moma, ha sido visitado y consultado por príncipes, reyes y jefes de estado de todo el mundo. Incluso ha recibido en audiencia a los monarcas de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, durante la visita de los soberanos a Mauritania. Los reyes españoles habían oído hablar de los portentosos poderes sobrenaturales del Chej y solicitaron una audiencia para conocer personalmente a tan insólito personaje.
Cuando nos presentamos ante el Chej, identificándonos como españoles, el Gran Marabú nos pidió que trasmitiésemos un saludo a los «Príncipes de España», Don Juan Carlos y Doña Sofía. Ante mi rectificación de que nuestros monarcas no son príncipes, sino reyes, su respuesta fue concluyente: «No hay más rey que Alá».
También el Rey Hassan de Marruecos había sido recibido por el Chej, tras esperar durante un día entero a que el santón acabase sus oraciones para atenderlo. Tuvo mucha suerte. El Rey de Mauritania debió esperar dos días antes de pedir consejo al santón. Y es que el Chej no se deja impresionar por las coronas. Su trato con reyes, según él «príncipes», presidentes o jeques del petróleo, es exactamente el mismo que dispensa a los camelleros, a los pescadores o a los mendigos. El hecho de que se permitiese el lujo de hacer esperar dos días a un rey antes de concederle una audiencia ilustra gráficamente nuestra inmensa fortuna.
A una hora muy temprana de la mañana éramos recibidos en audiencia por el Gran Marabú de Atar. En compañía de un médico cooperante español, me dirigí al palacete del Chej, en las afueras de Atar. Tuvimos que entrar en el palacio por la parte trasera, ya que la puerta principal estaba llena de devotos que hacían guardia con la esperanza de poder ver al Chej, siquiera fugazmente. En el Sáhara, los devotos de un antón como el de Atar llegan a utilizar puñados de la arena que ha pisado el Chej para aplicarlos directamente sobre las heridas, convencidos de los poderes milagrosos del suelo pisado por un elegido de Alá. Es un ejemplo del fervor y la devoción con que los musulmanes depositan todas sus esperanzas en estos «hombres santos».
Atravesamos los establos rodeados de ovejas, camellos y vacas, y en tan pintoresco contexto tuvimos nuestro primer encuentro con el Chej de Atar. Aparentaba unos 65 o 75 años. Vestía completamente de blanco, salvo sus calcetines color crema y sus sandalias marrones. Su piel oscura, maltratada por el sol del desierto, hacía resaltar más su enorme sonrisa y la profundidad de su mirada que, aquejada de unas incipientes cataratas, confería mayor misterio a sus ojos oscuros. Inmediatamente Miguel Ángel, el médico que me acompañaba, ofreció al Chej la posibilidad de llevarle al hospital para hacerle una revisión ocular. Sin dejar de sonreír ni un instante, el Chej nos miró uno por uno y nos respondió que no era necesario: «yo no os miro con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del espíritu...». Según los marabús, Alá puede iluminar la vida de los hombres con mucha más luz y claridad que el sol en el desierto.
Esa iluminación debe trasmitirse a través del marabú al resto de los mortales. Por esa razón, los grandes hombres santos, como el Chej de Atar, tienen bajo su responsabilidad sanatorios, escuelas y orfanatos, donde forman o curan a los abundantes huérfanos que suelen adoptar bajo su tutela, con el fin de iniciarlos en una vida regida por El Corán.
La patria de los marabús
En el zoco de Nouachott, como en otros muchos mercados del mundo islámico, es posible contemplar una insólita escena: al ritmo de tambores y campanillas, una procesión de devotos se pasea entre los puestos de venta cantando alabanzas a un determinado marabú. Se trata de jóvenes que en su día fueron recogidos de las calles por tal o cual hombre santo, y que ahora contribuyen a las arcas del marabú pidiendo limosna de forma tan vistosa.
Según Ahmed, algunos de los marabús más venerados en el mundo islámico han vivido o viven en Senegal, y allí deberíamos dirigirnos si queríamos comprender la influencia de estos enigmáticos personajes en la comunidad musulmana. Así que alquilamos un coche y decidimos cruzar nuevamente el país en dirección al sur, hacia la frontera de Senegal.
Llegamos al puesto fronterizo de Rosso en medio de una gran expectación. No es frecuente ver blancos en aquel rincón apartado del mundo. De hecho, no vimos a ninguno. Cambiamos ouyas, la moneda mauritana, por las cefas senegalesas. Luego contratamos una barca para cruzar el imponente río Senegal, frontera natural entre ambos países.
Tras abandonar la lancha, ya en suelo senegalés, contratamos un chófer para continuar nuestro viaje hacia el sur. No hizo falta dar un paso más para encontrar una muestra de la influencia del marabú en la cultura africana. Abugil, nuestro chófer, llevaba una foto del gran marabú Bansú colgada del espejo retrovisor de su coche.
Igual que los conductores europeos cuelgan supersticiosamente imágenes de santos, la Virgen María, Jesucristo, u otros iconos religiosos en los retrovisores de sus vehículos, con la esperanza de que les protejan en la conducción, Abugil confiaba al gran marabú Bansú la realización de un viaje favorable y sin accidentes. «Mi marabú vive al oeste de Dakar y tiene grandes poderes sobrenaturales nos explicó Abugil. Es un elegido de Alá».
A medida que recorremos kilómetros a través del continente negro en nuestro viaje hacia el sur, desfilan ante nosotros diferentes poblaciones: Nedelle, Negallee, etc. Hasta que por fin llegamos a Saint Louis, la segunda ciudad del país. Decidimos pasar la noche en esta urbe Nos alojamos en el Hotel La Poste, un edificio asociado con extraordinarias historias de la época colonial francesa. En la calle, basta caminar unos metros para encontrarse con las imágenes de los grandes marabús. Antropológicamente hablando, resulta fascinante descubrir hasta qué punto se halla presente la influencia de estas figuras religiosas en la cultura popular africana.
Es costumbre utilizar sus imágenes como reclamo para atraer la suerte o conseguir protección contra el mal, aparte de que su exhibición constituye un respetuoso homenaje hacia estos «hombres santos». Por eso, no sólo en la plaza donde se alzaba nuestro hotel, sino en casi todas las calles, tiendas, avenidas o mezquitas, pudimos fotografiar pinturas y dibujos que representaban a los marabús más importantes de Senegal.
La colonización islámica del África animista creó formas de sincretismo religioso, muy similares a las que protagonizó el cristianismo en su conquista de América. En el Nuevo Mundo, la influencia del catolicismo primero, y del protestantismo después, produjo una síntesis entre la religiosidad europea y las antiguas religiones precolombinas, que más tarde recibiría la influencia de las creencias animistas llevadas por los esclavos negros. Santeros, hougan, mambos, paleros, babalaos, bokors, mais de santo, y una larga lista de personajes mágicos, surgieron de esa dispar mezcla de creencias religiosas, cuyos orígenes eran muy distintos . De alguna manera, los marabús son, a su vez, el fruto del sincretismo del Islam con las religiones animistas locales de África. Por eso, no es de extrañar que algunos de los marabús senegaleses que conocimos combinasen herramientas y técnicas de adivinación de origen africano, como la consulta de las caracolas, con la utilización de versículos del Corán, inscritos en sus amuletos y salmodiados en sus curaciones.
Esos sistemas de adivinación, como los «buzios», exportados por los esclavos negros a las colonias del Nuevo Mundo a partir del siglo XVI, y que han sido popularizados por los santeros cubanos o los houngan haitianos, todavía pueden contemplarse en muchas ciudades de Mauritania, Senegal o Egipto en manos de los brujos animistas o de los marabús islámicos.
Jinn, los aliados secretos
A poco más de una hora de carretera desde St. Louis, circulando en dirección Sur, se encuentra Kebemer. Desde ahí parte un desvío hacia el Este en dirección a Touba, donde se erige la mansión del Gran Marabú de Senegal, un punto de peregrinación importante para miles de creyentes en los poderes mágicos y espirituales de estos hombres santos.
Llegamos a Dakar, la capital de Senegal, tras 250 kilómetros de carreteras razonables, pero que se ven invadidas por camellos, vacas u otros animales, algo que obliga a conducir con mucho cuidado.
En el barrio de Tongor, perteneciente al pueblo de Yof, a pocos kilómetros de Dakar, establecimos nuestro campamento. Y Alá quiso que escogiésemos justo ese lugar, donde, para nuestro asombro, descubrimos la morada de un genio invisible: un jinn.
En Yof se encuentra una gran finca que aparentemente está abandonada. El solar, sobre el cual no se ha construido nunca, se halla rodeado por edificaciones importantes, como la Casa Aguaba, un acogedor hotel regentado por el español Nicolás de la Carrera, y recomendable para todo viajero que llega a Senegal. Pero nadie se ha atrevido a construir en esa finca, que permanece cercada desde hace generaciones. A pocos metros de distancia, un baobab, el árbol sagrado, subraya el carácter místico del sitio.
La finca es el hogar de Maridiane, un genio femenino, una jinn, que vive allí protegiendo al pueblo. Desde hace generaciones, una familia senegalesa tiene la misión de cuidar el santo lugar y realizar las pertinentes ofrendas a Maridiane. De esta forma, respetando y cuidando al genio del lugar, los pescadores del pueblo pueden pedir su ayuda cuando amenaza tormenta o los bancos de pesca escasean.
Esa devoción popular, repetida en todos los países del mundo islámico africano, es también utilizada por los marabús, a quienes se considera en muchos casos capaces de tratar con los genios y pedirles ayuda para obtener de ellos un determinado servicio.
En Siria, Egipto y otros países, hemos tenido la oportunidad de recoger extraordinarios relatos sobre los poderes de los marabús y sus alianzas con los jinn.
El secreto de las pirámides
«No, señor, la Gran Pirámide no la construyeron los antiguos egipcios, ni tampoco los atlantes, ni los extraterrestres. Fueron ellos... los jinn...». Las palabras de uno de los trabajadores egipcios que participa en las excavaciones arqueológicas en la meseta de Giza reflejan perfectamente el sentir de muchas personas que mantienen las creencias ancestrales. Según las leyendas populares egipcias, estos genios del desierto fueron los constructores y custodios de las pirámides, y todavía hoy, en los albores del siglo XXI, se supone que esas criaturas sobrenaturales vigilan las colosales construcciones, protegiéndolas de los blasfemos y de los profanadores de monumentos sagrados.
Cuenta la leyenda, sustentada por los testimonios de algunos trabajadores de Giza o Sakkara, que muchos afirman haber visto a los jinn con sus propios ojos. Cada pirámide se hallaría bajo la influencia de un genio protector que, en ciertas ocasiones, se deja ver por los mortales. Por ejemplo, la de Kefrén estaría habitada por un fantasma con aspecto de niño, pero que también puede manifestarse transformado en un aterrador gigante. Sin embargo, la Gran Pirámide estaría protegida por un jinn con apariencia de una hermosa mujer. Pero cuando algo amenaza la Pirámide de Keops, ésta se transforma en un impresionante ser dotado de terroríficos dientes puntiagudos
Para el pueblo musulmán, los jinn son tan reales como puedan ser los ángeles de la guarda para los católicos. A medio camino entre Alá y los humanos, ellos son los verdaderos dueños invisibles del planeta. Dependiendo de que el ser humano que entra en contacto con ellos les caiga o no en gracia, podrán someterlo a las burlas más incomprensibles y a los ataques más aterradores o, por el contrario, concederle maravillosos dones y prodigios. Según las creencias populares, los marabús tienen la facultad de aliarse con esos genios.
Waell, uno de nuestros guías en Egipto, nos relataba con la fe del musulmán devoto cómo había visto con sus propios ojos a un marabú que podía saltar desde un edificio de cinco plantas en El Cairo y «ser atrapado en el aire por su genio, evitando así que se estrellara contra el suelo». Relatos como éste nada tienen que envidiar a los supuestos milagros mauritanos que nos relataba Ahmed.
En la mayor parte de las naciones del mundo, los líderes religiosos gozan de un enorme respeto. Pero debido a la particular idiosincrasia teocrática de los países musulmanes una cultura que no ha separado el ámbito estatal y civil del religioso, la influencia que ejerce el marabú sobre la sociedad es mucho mayor que las de un obispo en un país católico. Por esa razón, últimamente todos los servicios secretos dirigen su atención hacia estos líderes religiosos de los países islámicos en conflicto.
¿Qué ocurriría si un marabú convenciera a sus seguidores de que cuentan con el amparo de los jinn para liberar al pueblo de Alá de la opresión occidental? El lema «la illaha ill Allah, Allah». («No existe más Dios que el Único Dios»), tiene un poder movilizador inimaginable para un accidental. Un poder capaz de incendiar el mundo.
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