Lugares mágicos

¿Un Bafomet Templario?

A un kilómetro de Soria capital se levanta la ermita de San Saturio, colgada a media ladera del monte de «Las Ánimas». Rodeado de chopos y álamos, el templo parece estar contemplando el paso del río Duero. Al otro lado, se encuentra el Paseo de San Prudencio, discípulo del anacoreta Saturio.

1 de diciembre de 2004 (00:00 CET)

¿Un Bafomet Templario?
¿Un Bafomet Templario?
El edificio, construido entre 1699 y 1703, es de planta octogonal alargada y posee una cúpula coronada por un cimborrio de ladrillo cuya construcción se realizó sobre otra anterior y de planta análoga, pero más regular, de mediados del siglo XII, cuando la Orden del Temple era propietaria de la encomienda de San Polo, cercana a la ermita y de todos los territorios circundantes. El lugar sólo pasó a ser público cuando en el siglo XVI aparecieron los restos de «un cuerpo santo», según consta en el Libro de Actas del Ayuntamiento de Soria.

Saturio, que había nacido en el año 493, repartió entre los más necesitados los bienes y fortunas que había heredado con el fallecimiento de sus padres. Se retiró como un eremita en una cueva junto al río Duero en la hoy llamada Sierra de Santa Ana o de Peñalba. Su virtud y santidad, que adquirió fama entre las gentes de la comarca, llegó hasta la localidad alavesa de Armentia, donde vivía un muchacho de 15 años llamado Prudencio, quien impresionado por lo que se contaba del hombre santo, decidió emprender viaje para ir a su encuentro.

Durante siete años, Saturio y Prudencio comparten penitencia, oración y sacrificio, hasta un 2 de febrero del año 568 en que fallece Saturio. Siguiendo los últimos deseos de su maestro, el discípulo coloca sus restos en un saco y les da sepultura en el oratorio dedicado a San Miguel. Desconsolado por tan irreparable pérdida, Prudencio marcha a evangelizar La Rioja instalándose en Calahorra y trasladándose más tarde a Tarazona, donde con el tiempo llega a ser nombrado obispo. De regreso a la cueva soriana, exhorta a las gentes para que veneren a su maestro, el eremita Saturio. Finalmente, y aclamado por su santidad, Saturio es desenterrado, sus huesos colocados en una urna y elevado a los altares por el propio Prudencio.

Pasa el tiempo y llegamos a 1148, año en el cual se hace donación al Cabildo de San Pedro de la iglesia de San Miguel de la Peña, la actualmente llamada de San Saturio, por la fama adquirida al contener un cuerpo santo. El 31 de agosto de 1743, el Papa Benedicto XIV, con la intercesión del rey Felipe V, aceptó sus peticiones de canonizarlo con todos los derechos y honores.

Esta breve historia de San Saturio y de su ermita podría ser una más de las muchas que existen en nuestra geografía. Pero la capital soriana tiene en su haber ciertas características que la convierten en algo especial. La comarca estuvo administrada por la Orden del Temple, la cual poseía asentamientos relevantes, como la iglesia-convento de San Bartolomé de Ucero, en el cañón de Río Lobos. Y cuando los templarios aparecen en escena, todo es posible.

En primer lugar, el antiguo acceso a la ermita debía realizarse forzosamente a través del lugar donde se encontraba el convento templario de San Polo, y es fácil deducir que si los monjes guerreros dominaban aquella zona, controlarían dicho paso. Al franquear la entrada, se penetra en una amplia cavidad enlosada en cuya parte derecha se hallan unas escaleras que descienden hasta el «mirador de San Prudencio». A la izquierda de dicha estancia destaca una vidriera en arco de medio punto en la cual se ven representados ambos santos. Junto a ella, se encuentra la sala de aspecto capitular conocida como la del «Cabildo de los Heros», el lugar donde supuestamente se reunía la cofradía en torno a la imagen del santo. Según dicen, en ella los labradores sorianos del siglo XVIII dirimían sus diferencias y discutían sobre los problemas relativos a sus campos.

No resulta aventurado pensar que, si la existencia de dicha sala, con sus escaños de piedra semicirculares, era muy anterior a su utilización por dicha hermandad de agricultores, probablemente fuese lugar de reunión, o incluso centro de ritos iniciáticos por parte del Temple. Ese monte horadado por cuevas era un lugar perfecto para la meditación y el recogimiento. La Madre Tierra acoge en su seno al buscador de lo trascendente, y la oquedad que le ofrece simboliza el Cosmos, representando su suelo a la Tierra y su bóveda al Cielo.

La iglesia del siglo XII, construida sobre una caverna, posee claras connotaciones iniciáticas muy propias de dicha Orden, y en sus orígenes Saturio no anduvo muy lejos de otro culto sincrético y paralelo al de San Polo (Apolo-Sol), perteneciente al cercano convento templario de dicho nombre. La mano del Temple parece hacerse presente cuando vemos a ese extraño santo, cuyos devotos sorianos lo identificaban con Saturno (Cronos-tiempo), representado en forma de un busto negro que muestra a un anciano de larga barba. Recordemos que dicho color ha representado siempre a esa Madre Tierra de donde surge la vida.

El primer paso alquímico para iniciar la denominada «Gran Obra», es el proceso de putrefacción de la materia. Una muerte espiritual de lo físico, representada por el color negro, adquirido por dicha materia al ser manipulada y transmutada. Ese oscurecimiento era considerado una consecuencia del necesario «descenso a los infiernos». ¿Acaso esa «muerte» no recuerda a las famosas calaveras y cabezas, relicarios íntimamente asociados al polémico y misterioso Bafomet templario?
Saturno es de gran importancia para el hermetismo y la alquimia. Se trata en definitiva de un proceso de resurrección del iniciado, que es simbolizado a través de la siguiente etapa, denominada «albedo», la «obra al blanco», que tiene lugar cuando la materia (el hombre) despierta del mundo físico y de la ignorancia hacia un nuevo y luminoso estado del ser. No olvidemos que el acróstico de Basilio Valentín con el término «V.I.T.R.I.O.L.» (vitriolo) subraya la implacable necesidad del descenso a los infiernos: «Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem» (Visita el interior de la Tierra (el psiquismo del Yo) y con la purificación encontrarás la Piedra Oculta (el Sí mismo, el espíritu o chispa divina)
Durante los interrogatorios que la Inquisición llevó a cabo, el freire Garcerant confesó que los templarios poseían un ídolo;«in figuram baffometi». Parece que el objeto se guardaba en un armario y sólo era utilizado en contadas y muy especiales ocasiones. Su aspecto era el de un anciano barbudo que podía tener uno, dos o tres rostros, que estaba hecho de madera o de metal y que, en ocasiones, podía también tratarse de una calavera. A pesar de que dicha imagen sirvió para acusar de idólatras a los miembros del Temple, estas cabezas-relicario servían en todo caso como objetos de meditación, reflexión o incluso enseñanza.

Existen algunas cabezas-relicario repartidas en aquellos territorios que pertenecieron al Temple. Dichas cabezas encierran en su interior una calavera humana. Así sucede con la que se conserva en la Concatedral de San Pedro en Soria, perteneciente a San Saturio.

Con la desaparición del Temple, la iglesia de San Miguel de la Peña se convirtió en ermita y la tradición del santo siguió perviviendo. Allí se le rindió culto durante casi doscientos años antes de que Saturio fuese canonizado. Es curioso que se venerara a un personaje que no era santo y que, además, venía precedido por una aureola de misterio heterodoxo y de rituales paganos. Además, el busto que puede contemplarse actualmente no es el original. Fue realizado en bronce negro en 1813 por Rafael Quilles, para reponer el que fue robado por las tropas de Napoleón. Debido al deterioro sufrido con el paso de los años, nadie puede negar o afirmar que cada representación, restauración o sustitución del busto negro de Saturio por otro posterior, estuviera rememorando el original que, indudablemente, era de color negro.

Resulta curioso comprobar que el santo anacoreta permaneció ignorado por la feligresía soriana hasta bien entrado el siglo XVI. Las diversas imágenes del mismo pertenecientes a distintas épocas son presentadas siempre de medio cuerpo o de busto negro y barbado. Únicamente en las pinturas murales del siglo XVIII existentes en la capilla del santuario donde aparecen los más famosos anacoretas, es presentado de cuerpo entero y con el colorido que, en general, caracteriza a estos frescos.

Generalmente los bustos que se tallaban a partir del siglo XIV representando a un santo determinado servían de expositor para unas reliquias del mismo, las cuales podían contemplarse a través de un cristal situado a la altura del pecho de la imagen. La de San Saturio no contiene reliquia alguna, ni tampoco es policromada como solían serlo dichos bustos.

Esta primitiva cabeza con forma de calavera es la que puede considerarse el original medieval, a pesar de las reparaciones sufridas y de que su abertura posterior a través de la cual puede observarse el cráneo del santo, es una placa articulada de época más reciente. En la frente lleva una inscripción, tal vez barroca, que dice así: «CAPVT ST SATVR CIVIT NOMANT PATRONI», «Cabeza de San Saturio, patrón de la ciudad numantina»
Cabeza que, inevitablemente, nos trae el recuerdo del célebre Bafomet del Temple. Sabemos que los guardianes de la fe buscaron con ahínco estos «ídolos paganos», y que. la minuciosa búsqueda dio sus frutos. En las actas levantadas contra la Orden, podemos leer que en su casa central de Paris se produjo el descubrimiento de una cabeza hueca de mujer, en cuyo interior encontraron un cráneo envuelto en una tela con los colores del Temple y, cosida a ella, una extraña etiqueta con la leyenda «CAPUT LVII m»
La meticulosidad de los templarios en la administración de sus bienes y posesiones es bien conocida. Llevaban un control exhaustivo y detallado de todo, pero designar con lo que parecen ser números de serie a las reliquias, parece cuando menos algo sorprendente. Si ello fuera así, estaríamos ante un nuevo campo de investigación y también de una compleja y difícil búsqueda, pues ello vendría a demostrarnos que, en su momento, existieron numerosas cabezas-relicario repartidas por toda Europa
Los restos del poeta Antonio Machado y de su esposa Leonor descansan en el cementerio de La Espina. Tradicionalmente, lo espinoso ha simbolizado enclaves especiales que indicaban etapas o inicios de una búsqueda trascendente plagada de dificultades. Cuando el espino florece, aparecen las rosas y sus espinas defienden la flor, es decir, el Conocimiento. La «Rosa del Conocimiento» se logra alcanzar a través de las espinas sangrantes. En el complejo mundo simbólico de la alquimia se representa esta idea mediante una corona espinosa trenzada alrededor de un corazón llameante del cual nacen el lirio y la rosa. Esa Flor de Lys se convertirá después en la pata de oca de los maestros canteros y, finalmente, pasará también a formar parte integrante de la heráldica.

Nos hallamos, pues, frente a un curioso santo, San Saturio, tan endeble históricamente que no nos permite siquiera saber si se utilizó su figura como un referente ocultista. No hay duda de que estamos ante un enclave especial. Posiblemente, la sombra del Temple que planea sobre nuestra geografía, resulta mucho más alargada de lo que imaginamos.
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