Civilizaciones perdidas

Los auténticos doctores Frankenstein

ENIGMASLuchando contra la imagen tradicional de la muerte como la última frontera de la existencia humana, científicos de todas las épocas han buscado métodos para burlar su poder, para revivir la materia una vez estuviese muerta. Y aunque nadie lo haya logrado hasta hoy, algunos parece que estuvieron cerca de conseguirlo…

21 de Septiembre de 2011 (09:23 CET)

Los auténticos doctores Frankenstein
Los auténticos doctores Frankenstein
En los años 30 del pasado siglo XX, el profesor de la Universidad de California, Robert Cornish, creyó haber encontrado un método para revivir a los muertos. El proceso consistía en incorporar y tumbar los cuerpos repetidamente para hacer circular la sangre, mientras se les inyectaba adrenalina y anticoagulantes generosamente.

Según sus propias palabras, los resultados obtenidos con perros estrangulados fueron tan satisfactorios que ya estaba en disposición de probarlo con humanos. Incluso contaba con un voluntario, el condenado a muerte Thomas McMonigle. Sin embargo, el miedo a la posibilidad de tener que liberar al preso si el experimento funcionaba provocó que el Estado de California suspendiese aquellas investigaciones de por vida.

Aunque este hecho pueda sorprendernos en un principio, lo cierto es que el intento de reanimar los cadáveres, de devolver la vida a los muertos, ha sido una constante en la historia de la medicina. En este sentido, lo que la escritora gótica Mary Shelley hizo en 1818 con su novela Frankenstein o el moderno Prometeo, no fue sino novelar un viejo anhelo médico. Porque debemos saber que ni ella fue la primera en hablar de esta posibilidad –tampoco la última–, ni siquiera la más original a la hora de describir cómo podría llevarse a cabo.

De la horca a la guillotina

Al margen de los primeros y burdos experimentos desarrollados en la antigüedad para revivir a los cadáveres, podría afirmarse que el primer intento serio de conseguir tal meta tuvo lugar a finales del siglo XVIII, cuando Europa asistió atónita a una nueva ciencia conocida como galvinismo. Su impulsor, el profesor de anatomía de la Universidad de Bolonia Luigi Galvani, había descubierto las increíbles reacciones que la electricidad ocasionaba a los cuerpos de los animales muertos y creyó estar en posesión de una energía dadora de la vida y de la muerte, con la que también podría devolver el movimiento a miembros paralizados o sanar enfermedades. Para comprender esta percepción, debemos pensar que en aquellos años la electricidad se veía como una oscura y casi indómita fuerza de la naturaleza, cuyas propiedades aún nadie había lograr descifrar.

Tras experimentar con ranas inertes, a las que acercaba un bisturí electrificado al nervio ciático para ver sus espasmos, Galvani pasó a indagar con especimenes mayores, como vacas, perros o caballos muertos. Su proceder era casi siempre el mismo: aplicar electroshock en diversas partes de los cuerpos, para dar con el punto exacto por donde la vida volvería al cadáver. Las reacciones que los cuerpos mostraban a los impulsos eléctricos, semejantes a los que tenían cuando estaban vivos, le hicieron creer que todos nosotros teníamos una especie de conmutador, que al ser pulsado, hacía regresar la vida. Pero eso nunca sucedió y, con el tiempo, sus demostraciones se convirtieron en un espectáculo no apto para todos los públicos. Basta leer el relato de uno de aquellos números para comprobarlo: "Aldini, después de haber cortado la cabeza de un perro, hizo pasar una fuerte corriente eléctrica de una batería a través de él. El simple contacto desencadenó terribles convulsiones. Las mandíbulas se abrieron, mostró sus dientes, los ojos se movieron y, si la razón no hubiera detenido a la imaginación, uno casi cree que el animal está sufriendo y vivo de nuevo".

Finalmente, incluso estas demostraciones se hicieron demasiado cotidianas y la falta de aplicaciones prácticas hizo que el galvinismo cayese en el olvido,. Lo que no desaparecieron fueron las ganas de devolver la vida a los muertos y en 1791 un cambio apenas trascendental dio un vuelco radical en la manera de enfocar estas investigaciones: la sustitución de la horca como medio de ejecución por la más "refinada" y "civilizada" guillotina.

Entre una mezcla de horror y fascinación la gente asistía a las decapitaciones, conteniendo la respiración cuando la guillotina descendía y aplaudiendo cuando el verdugo mostraba la cabeza agarrándola por los cabellos. Pese a su nombre, el doctor francés Joseph-Ignace Guillotin solo fue un firme defensor de este artilugio, no su inventor. Y ni eso, desde que en 1795 recibiese una carta redactada por el anatomista alemán S.T. Sömmering y que comenzaba así: "¿No sabéis que, cuando la guillotina corta una cabeza, sus sentimientos, su personalidad y su ego no resultan, como se ha afirmado, instantáneamente abolidos?".
(Continúa la información en ENIGMAS 190).

Janire Rámila
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