Ovnis y vida extraterrestre
21/09/2026 (12:32 CET) Actualizado: 21/09/2026 (12:32 CET)

Lo que de verdad esconde el sexto lote de archivos UAP

El sexto paquete de informes oficiales UAP repite el patrón de los anteriores: mucho volumen, ninguna conclusión. Pero entre el ruido hay dos piezas —un enjambre de esferas sobre Oriente Próximo y un audio de 1952 firmado por el hombre que inventó la metodología para estudiar ovnis— que sí merecen que nos detengamos

Josep Guijarro

Periodista y escritor

21/09/2026 (12:32 CET) Actualizado: 21/09/2026 (12:32 CET)
El DoW da acceso al sexto lote, es tanto material que acabas sin distinguir qué importa
El DoW da acceso al sexto lote, es tanto material que acabas sin distinguir qué importa

Van seis lotes ya del programa de desclasificación impulsado por el Departamento de Guerra de EE.UU. (DoW, el antiguo Departamento de Defensa, rebautizado bajo la Administración Trump) a través de la plataforma war.gov/ufo, y el patrón se repite con una regularidad casi administrativa: mucho material, cero mojadas de balance. Ni una foto que zanje nada, ni un dato que incline la conversación hacia "es esto" o "es aquello". Se han instalado en la ambigüedad como estrategia, cuando no directamente en la desinformación por saturación: cuanto más se publica, menos se aclara.

"Orbes" que resultaron tener plumas

Entre los vídeos del nuevo lote hay varios que muestran lo que el propio material militar describe como "orbes flotantes" desplazándose a unas 480 millas por hora entre aeronaves de EE.UU. Es la clase de secuencia que, sacada de contexto, alimenta titulares durante una semana. Pero el escrutinio ha llegado rápido, y viene, como casi siempre en estos casos, de la comunidad escéptica especializada en analizar frame a frame el material militar desclasificado.

Entre ellos, Mick West —investigador conocido por su trabajo de análisis técnico de vídeos UAP y fundador del foro Metabunk, habitual en la revisión de este tipo de grabaciones desde los tiempos de "Gimbal" y "Go Fast"— publicó en X un apunte que va directo al mecanismo del error:

"El movimiento de la cámara -asegura en el post- con cámaras térmicas a menudo puede crear la ilusión de movimiento porque el ruido incrustado de la cámara suele tener un contraste más alto que la superficie del océano. Estabiliza en el objeto para ver el movimiento relativo al océano de estas aves de PR135."

Dicho en plano: lo que en la imagen en bruto parece un objeto desplazándose a gran velocidad puede ser, una vez estabilizado el plano sobre el propio objeto y no sobre el fondo, un ave completamente estática en relación al océano —el "movimiento" nace del bamboleo de la cámara y del ruido térmico del sensor, no del objeto. West alega que es la misma trampa óptica que ya hizo correr ríos de tinta con "Go Fast" en 2019, y no es una explicación caprichosa: las cámaras FLIR de uso militar arrastran ese defecto desde hace años y es de manual en la comunidad de análisis de imagen. Dicho esto, "puede crear la ilusión" no equivale a "lo es" en todos los casos del lote, y el propio West lo plantea como hipótesis de trabajo, no como cierre del caso. Aquí no hay debunking reflejo: hay una variable técnica que el Pentágono debería haber controlado antes de publicar el material, y no lo hizo.

Tres esferas que sí incomodan

La parte del lote que un analista serio no debería pasar por alto no son los orbes virales, sino tres informes desclasificados por el Mando Central de EE.UU. (USCENTCOM, responsable de las operaciones militares en Oriente Próximo y Asia Central) en el marco de la Operación Inherent Resolve, la campaña contra el Estado Islámico en Irak y Siria. Son tres casos, y cada uno tira en una dirección distinta de lo que ya sabíamos:

  • Mayo de 2022: esferas de entre uno y dos metros de diámetro, volando entre 80 y 180 mph en plena tormenta de arena —un entorno que, de entrada, descarta buena parte de las explicaciones habituales por deriva del viento sobre globos o desechos ligeros a esa velocidad y con esa cohesión de forma.
  • Octubre de 2025: una esfera blanca aislada, registrada a 500 mph y a 22.500 pies de altitud, una velocidad que excede con holgura lo que cabría esperar de un globo meteorológico o de un dron comercial a esa cota.
  • Julio de 2025: el caso más interesante del lote, con diferencia: seis esferas agrupadas, ejecutando giros simultáneos y coordinados a 480 mph y 22.000 pies.

Es este último el que merece la lectura más atenta. Un objeto aislado moviéndose rápido admite explicaciones prosaicas —desde error de parallax hasta chatarra espacial reentrando en la atmósfera—. Pero seis objetos que mantienen formación y ejecutan maniobras sincronizadas a la misma velocidad y altitud es un fenómeno de otra naturaleza: exige, como mínimo, coordinación entre plataformas, ya sea de origen tecnológico convencional (un enjambre de drones militares no identificado, por ejemplo, algo nada descartable en una zona de conflicto activo) o algo que quede fuera de ese marco. Lo llamativo no es tanto la velocidad —480 mph es un dato ya manejado en otros lotes— como la coordinación del movimiento, y es precisamente ese dato el que el propio informe de USCENTCOM no explica ni intenta explicar. Publican la maniobra, no la interpretación. Ese vacío es, otra vez, la firma de este programa de desclasificación: entregan el expediente y se desentienden de la conclusión.

El magnate Robert Bigelow
El magnate Robert Bigelow

La pieza que de verdad cambia el tablero

Entre la documentación desclasificada figuran contratos y correspondencia que reconfirman que el Pentágono contrató a una empresa privada propiedad del multimillonario Robert Bigelow —magnate de la hostelería y la aeroespacial, fundador de Bigelow Aerospace y de su división de investigación avanzada, Bigelow Aerospace Advanced Space Studies (BAASS)— para estudiar tanto avistamientos de ovnis como tecnología "futurista": propulsión exótica, invisibilidad, metamateriales, agujeros de gusano, antigravedad.

Y aquí conviene ser precisos, porque el rastro documental de ese contrato no nace con este sexto lote. Ya en 2022, tuvimos acceso en exclusiva a 37 de los 38 Documentos de Referencia de Inteligencia de la Defensa (DIRD) generados durante el contrato que BAASS suscribió con la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA) —casi 1.500 páginas clasificadas por el gestor de contratos de la DIA, James T. Lacatski, que salieron a la luz gracias a una solicitud FOIA y a una interpelación previa del senador John McCain—. Aquellos documentos ya acreditaban que el Departamento de Defensa financió investigación sobre agujeros de gusano y dimensiones alternativas a través de la AAWSAP (Programa de Aplicaciones de Sistemas de Armas Aeroespaciales Avanzadas), la vertiente civil impulsada por el fallecido senador Harry Reid con el respaldo económico y político del propio Bigelow.

Harry Reid
Harry Reid

Y un año antes, en 2021, también habíamos contado cómo el Pentágono admitía haber estado investigando restos de accidentes ovni: el investigador estadounidense Anthony Bragalia obtuvo, también vía FOIA, más de 150 páginas de la DIA en las que se reconocía haber probado, a través de un contrato privado con Bigelow Aerospace, materiales asociados a supuestos restos ovni —con referencias reiteradas al nitinol, la aleación con memoria de forma que los testigos del caso Roswell describieron una y otra vez, y a metamateriales capaces, según esos mismos documentos, de ralentizar la luz o inducir invisibilidad—.

Lo que aporta el sexto lote, por tanto, no es el hallazgo del contrato —eso ya estaba documentado, con nombre de contratante y cifras de páginas, desde hace años—, sino su incorporación al archivo oficial de "transparencia" del propio Pentágono. Es la diferencia entre un expediente que había que arrancarle al Gobierno con solicitud FOIA y uno que, por fin, aparece por iniciativa propia en war.gov/ufo

Imágenes tomadas por un fotógrafo de la Marina en 1952
Imágenes tomadas por un fotógrafo de la Marina en 1952

1952 en 4K

El lote incluye también metraje en 4K de los avistamientos de 1952 —material que remite directamente al célebre caso de Tremonton, Utah, uno de los expedientes más citados de la historia ovni estadounidense—. El problema es que ese material no es nuevo: es una restauración de resolución de algo que ya formaba parte del archivo público. Lo ha señalado con acierto John Greenewald Jr., fundador de The Black Vault, el portal especializado en solicitudes FOIA sobre secretismo gubernamental y probablemente el archivo independiente más completo que existe sobre desclasificación estadounidense: buena parte de la cobertura mediática está presentando como "nuevo" lo que en realidad es material reciclado, simplemente remasterizado.

No es un matiz menor. En un programa de desclasificación que se anuncia como transparencia sin precedentes, mezclar restauración técnica con hallazgo inédito —y dejar que la prensa generalista lo confunda— tiene el efecto de inflar artificialmente el volumen de "novedades" de cada lote. Es la otra cara de la ambigüedad: no solo se calla lo importante, también se disfraza de importante lo que ya conocíamos.

Un documento que de verdad importa

Si hay una pieza en este sexto lote con valor histórico real es el archivo de audio catalogado como DOW-UAP-PR160: una presentación de marzo de 1952 del capitán Edward J. Ruppelt, el oficial de la Fuerza Aérea de EE.UU. que reorganizó la investigación oficial sobre ovnis y que, meses después de esta grabación, pasaría a dirigir el recién creado Proyecto Libro Azul —el programa que, entre 1952 y 1969, centralizó el estudio de estos fenómenos por parte de la Fuerza Aérea—.

Lo que se escucha en esa grabación es, en esencia, el nacimiento de una metodología. Ruppelt describe protocolos que hoy damos por básicos pero que en 1952 eran una propuesta de futuro: fotografía con rejillas de difracción para poder analizar la composición espectral de la luz emitida por los objetos, y sincronización de estaciones de radar para triangular trayectorias en lugar de fiarse de lecturas aisladas. Ambas técnicas acabarían incorporándose al propio Libro Azul.

Los números que maneja son los que dan peso al documento. De unos 800 casos históricos revisados por la Fuerza Aérea hasta ese momento, en torno al 20% quedaron sin explicación tras el análisis técnico —no por falta de datos, insiste Ruppelt, sino porque los datos disponibles no encajaban en ninguna categoría conocida—. Y subraya algo que interesa especialmente a quien lleva años siguiendo esta materia: esos informes no resueltos no procedían de testigos ocasionales, sino de personal militar cualificado, pilotos comerciales y observadores técnicos con formación específica para descartar errores de identificación.

Una imagen del oficial Edward J Ruppelt
Una imagen del oficial Edward J Ruppelt

Hay además un patrón geográfico que Ruppelt señala sin insistir demasiado en él, quizá porque en 1952 resultaba demasiado sensible: una concentración de informes en torno a instalaciones nucleares y de seguridad nacional de primer nivel —los Laboratorios Nacionales de Los Álamos, Albuquerque y Oak Ridge—. Es el mismo eje geográfico que, siete décadas después, sigue apareciendo en los informes desclasificados en torno a bases con capacidad nuclear, y que el propio programa PURSUE ha vuelto a tocar en lotes anteriores. No es la primera vez que este patrón asoma en la documentación oficial, y cada vez que lo hace se despacha con la misma frase: sin evidencia concluyente sobre su naturaleza u origen.

Y ahí está, quizá, el dato técnico más incómodo del documento: velocidades derivadas de radar de entre 1.000 y 3.500 millas por hora, combinadas con vuelo silencioso —sin firma acústica compatible con esas velocidades— y sin las estelas de calor o combustión esperables. Ruppelt no ofrece interpretación: se limita a defender, ya en 1952, que la seguridad nacional exige un esfuerzo sistemático de recolección de datos físicos antes de descartar o confirmar nada. Setenta y tres años después, esa recomendación sigue, en buena medida, pendiente de cumplirse.

Lo que de verdad revela este lote

Puestas una al lado de la otra, las piezas del sexto lote cuentan una historia que no es la de los ovnis, sino la del propio programa de desclasificación. Los orbes virales tienen, con alta probabilidad, una explicación prosaica que el propio Pentágono podría haber verificado antes de publicar el material. El metraje de 1952 en 4K no es una revelación, es una remasterización disfrazada de hallazgo. Y sin embargo, en medio de ese ruido, aparecen dos documentos —el enjambre coordinado de Oriente Próximo y el audio de Ruppelt— que sí sostienen una investigación seria, y que el propio programa entierra bajo el mismo volumen indiferenciado que usa para el material reciclado.

Ese es el verdadero patrón de PURSUE a estas alturas de su sexto lote: no es que oculten sistemáticamente lo importante, es que lo mezclan deliberadamente con lo irrelevante hasta que resulta indistinguible. Si de verdad hay voluntad de transparencia, el enjambre de julio de 2025 sobre Oriente Próximo debería tener un informe de seguimiento propio, no una línea entre pájaros mal estabilizados y vídeos de 1952 recalentados.

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Sobre el autor
Josep Guijarro

Josep Guijarro es reportero de prensa, radio y televisión, además de autor de varios libros entre los que cabe destacar El secreto de los aliens (edición ampliada y actualizada en 2024 de Aliens Ancestrales) o Casualidad, que continúa la saga de su bestseller Coincidencias Imposibles. Es documentalista de la serie Extraterrestres (DMAX) y forma parte de los programas El Colegio Invisible y La Rosa de los Vientos, ambos en Onda Cero.

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