La ciencia examina 50 Km de cart ruts en Malta
Un inventario de la Universidad de Malta recoge 2.628 tramos de surcos en la roca del archipiélago de Malta y propone una antigüedad que te sorprenderá
Los Cart Ruts literalmente -«surcos de carro»- son trazos paralelos que atraviesan la superficie de la roca caliza. Se cruzan, desaparecen y vuelven a aparecer sin que siempre resulte sencillo reconstruir su recorrido. Parecen huellas dejadas por una carreta cargada hasta los topes, cuyas rodadas hubiesen quedado esculpidas sobre el suelo... Solo que no es barro, sino caliza. Algunos de estos cart ruts se hunden más de 60 centímetros, algo difícilmente explicable desde el punto de vista de la geología. Y esta rareza no es la única que trae de cabeza a los científicos: ¿Qué son? ¿Forman parte de una red de transporte de la Antigüedad? ¿Tal vez de alguna civilización mucho más remota y desconocida?
Ahora, un estudio de la Universidad de Malta ha reunido un inventario de 2.628 tramos que recorren, en conjunto, 49,65 kilómetros. Su autor, Joel Grima, considera que las evidencias conocidas encajan principalmente con una cronología fenicia, púnica o romana, aunque reconoce que todavía no es posible cerrar definitivamente la cuestión.

Uno de los escenarios más llamativos se encuentra en Misraħ Għar il-Kbir, al oeste de Malta. Allí, sobre una superficie rocosa de aproximadamente 80 por 100 metros, decenas de trazados se superponen y forman una maraña difícil de interpretar. La complejidad del lugar explica su sobrenombre: Clapham Junction, en alusión a una de las grandes estaciones ferroviarias de Londres. Sin embargo, este laberinto no constituye un caso aislado. Las conocidas como roderas de Malta, o cart ruts, aparecen en distintos puntos del archipiélago y llevan siglos desafiando los intentos de establecer cuándo se formaron.
La discusión no es nueva. Desde hace casi cuatro siglos se barajan explicaciones que sitúan estas marcas en épocas diferentes, desde la Prehistoria hasta la Antigüedad clásica. La dificultad reside en que la forma de los surcos, por sí sola, no proporciona una fecha fiable. Una rodera no se construye añadiendo algo, sino quitándolo, así que no contiene nada que pueda datarse con radiocarbono. Los arqueólogos solo pueden fechar lo que la cubre o lo que la corta: si encima hay una casa del siglo II, el surco es anterior a esa casa. Pero «anterior» puede significar un año o mil. La clave está en los casos en que la huella se formó sobre una superficie de fecha conocida.
Ahora, Grima, investigador del Departamento de Clásicas y Arqueología de la Universidad de Malta, ha revisado las pruebas cronológicas disponibles y las ha contrastado con un trabajo de campo de gran alcance. Sus conclusiones, publicadas en Journal of Archaeological Science: Reports, ofrecen una interpretación más sistemática del fenómeno, pero también delimitan lo que la arqueología puede afirmar por el momento.
- 2.628 tramos identificados en Malta y Gozo, con una longitud acumulada de 49,65 km.
- 155 yacimientos documentados mediante fotografías aéreas y terrestres, con modelos tridimensionales para registrar los trazados.
- 88 emplazamientos adicionales incorporados a partir de información arqueológica e imágenes de satélite.
- 310 lugares con roderas conocidos en Malta; 82 están destruidos o ya no son accesibles.
- 1,3 m de separación entre los dos surcos de las huellas antiguas, frente a los 1,435 metros del ancho internacional de vía ferroviaria.
Cuando la piedra se convierte en un mapa de caminos
Las roderas no son inscripciones ni canales excavados para transportar agua. Se trata de parejas de depresiones longitudinales que recorren la roca y que, por su disposición, se han relacionado con el tránsito de vehículos con ruedas. La cuestión es cómo llegaron a formarse, durante cuánto tiempo se utilizaron y si todos los trazados pertenecen a una misma época.
Para abordar el problema, el equipo reunió documentación de 155 enclaves mediante fotografías tomadas desde el aire y a ras de suelo, además de modelos tridimensionales que permiten seguir cada marca sobre el terreno. A ese conjunto añadió información de otros 88 lugares procedente de excavaciones y registros por satélite. El resultado es una visión mucho más amplia de una red que, contemplada de forma aislada, podría confundirse con un conjunto de caminos independientes.

Una de las primeras precauciones del estudio consiste en separar las huellas antiguas de otras que parecen relativamente recientes. Grima identifica 48 casos modernos, reconocibles por características como una separación media de unos 1,11 metros, perfiles más angulosos y señales de reparación de los caminos. En varios puntos, además, los recorridos coinciden con vías rurales representadas en cartografía topográfica elaborada entre 1896 y 1927. Su relación con caminos delimitados por muros de piedra seca ayuda a distinguirlos de los trazados más antiguos, que en ocasiones pasan por debajo de esas estructuras.
La diferencia es importante. Si las roderas no pertenecen todas al mismo periodo, no sería correcto atribuirles una única explicación histórica. Antes de preguntarse si algunas surgieron en la Prehistoria, es necesario determinar cuáles corresponden a caminos de época reciente y cuáles guardan una relación verificable con estructuras arqueológicas.
El problema es que una rodera se forma por desgaste: la roca pierde material en lugar de conservar un objeto añadido que pueda analizarse directamente. Por eso, el radiocarbono no permite fechar el surco en sí. Los arqueólogos deben recurrir a las relaciones con otras estructuras. Si una construcción se levanta sobre una rodera, la marca tiene que ser anterior, pero eso no indica cuánto tiempo antes. Una prueba más precisa aparece cuando puede demostrarse que el surco se formó sobre una superficie cuya antigüedad ya se conoce.
Las pistas arqueológicas que permiten acotar las fechas
Entre los casos más útiles figura la Domus Romana, una residencia romana situada junto a Mdina. En una calle estrecha que discurría entre edificios antiguos se conservan dos surcos sobre la roca. La secuencia arqueológica incluye al menos siete pavimentos romanos superpuestos, todos posteriores a la superficie rocosa. La relación entre las estructuras permite situar las huellas dentro de un contexto romano, aunque no proporciona por sí misma un año exacto para su formación. El estudio considera, además, poco probable que el trazado urbano al que pertenecen sea anterior a las etapas fenicia y púnica de la isla.
Otra referencia procede de il-Qortin, en Marsa, cerca del Gran Puerto de La Valeta. Allí hubo un almacén romano que ya no existe. Su aspecto se conoce gracias a un plano publicado en 1794 por el marqués Carl’Antonio Barbaro. En esa documentación se describen marcas de rodadura en los umbrales de piedra del edificio, que habría permanecido en uso hasta época bizantina. El testimonio histórico aporta información relevante, aunque la desaparición del inmueble limita las posibilidades de comprobar hoy los detalles sobre el terreno.

Las canteras ofrecen una clase distinta de evidencia. En Ta’ Laroka, las señales de extracción permiten reconocer diferentes etapas de explotación. Primero se retiraron bloques pequeños y regulares; posteriormente se extrajeron piezas de mayor tamaño y formas variadas, profundizando en la roca. Una rodera quedó marcada en el fondo correspondiente a la primera fase y después fue cortada durante la segunda. De este modo, el surco queda situado entre dos momentos sucesivos de actividad extractiva, asociados de forma aproximada a periodos púnicos, romanos y romano-bizantinos. La cautela es necesaria: la cronología de esas fases se infiere, en buena medida, de las características de los bloques obtenidos.
Las excavaciones realizadas desde 2006 han permitido documentar 77 emplazamientos nuevos, muchos de ellos descubiertos durante trabajos previos a la construcción. En conjunto, las evidencias dibujan una relación entre caminos, zonas agrícolas, asentamientos y espacios funerarios. En Nigret, a unos 400 metros de las murallas de Melite, apareció una vía de guijarros con marcas tanto sobre la roca como sobre las piedras del pavimento. El camino estaba flanqueado por zanjas de cultivo y tumbas, entre ellas una de origen fenicio; la calzada se ha identificado como romana.
En Ta’ Qali, las excavaciones sacaron a la luz una carretera con al menos tres niveles sucesivos de pavimentación. La disposición de los restos sugiere que algunos surcos abiertos en la roca pudieron rellenarse con grava para reparar la superficie de circulación. Y en la villa romana de tal-Qares, relacionada con la producción de aceite de oliva, dos pares de roderas se bifurcan entre la zona de prensado y las dependencias domésticas. El trazado parece corresponder a una circulación interna que conectaba distintas partes del complejo.
La distribución de los restos también aporta información. Según el estudio, en 112 ocasiones una cantera corta una rodera, pero solo siete de esos casos se encuentran a más de 50 metros de otra marca intacta. Por otra parte, el inventario de 1.690 tumbas indica que el 34 % está situado a menos de 50 metros de un camino conocido. Una comparación con 999 simulaciones informáticas encontró una concentración mayor de la que cabría esperar por azar. Grima interpreta estos patrones como indicios de que las canteras y las áreas funerarias tendían a situarse junto a vías de circulación preexistentes, una organización que encuentra paralelos en el mundo romano.

¿Y si algunas roderas fueran prehistóricas?
La hipótesis de un origen anterior a los fenicios no desaparece por el hecho de que existan ejemplos relacionados con caminos romanos. Para evaluar esa posibilidad, Grima revisa varios argumentos que se han utilizado para defender una antigüedad mucho mayor. El primero se encuentra en la bahía de Birżebbuġa, donde un trazado penetra en el mar y alcanza una cota situada unos 30 centímetros por debajo del nivel actual.
A primera vista, esa posición podría sugerir que las marcas quedaron sumergidas tras un ascenso del Mediterráneo. Sin embargo, la reconstrucción del nivel del mar empleada en el estudio indica que en el entorno de Malta este habría aumentado aproximadamente 1,3 metros en los últimos dos mil años y más de 2,3 metros en tres milenios. Según esa estimación, el tramo habría permanecido en tierra firme durante época romana. También cabe considerar que los sedimentos costeros cambian con el tiempo y que la huella pudo prolongarse sobre un terreno que hoy ha desaparecido. Por tanto, su llegada al agua no demuestra por sí sola una fecha prehistórica.
Un segundo argumento procede de los lugares donde los surcos terminan frente a acantilados o zonas de roca desprendida. Se ha sugerido que esos obstáculos serían la prueba de que las marcas preceden a grandes transformaciones del paisaje. El estudio introduce una dificultad: en algunos sectores de Malta se han registrado desplazamientos de la roca superiores a un centímetro anual. Con semejante dinámica, un desprendimiento no basta para calcular cuántos siglos o milenios han transcurrido desde que se formó una rodera.
También se ha señalado que algunas tumbas púnicas o romanas cortan los trazados. Esa relación establece que la marca existía antes de la construcción funeraria, pero no permite remontarla automáticamente a la Prehistoria. El camino pudo quedar abandonado cuando se abrió una ruta alternativa cercana. Dicho de otro modo, una estructura posterior sirve para fijar un límite cronológico, no necesariamente para determinar la edad exacta de aquello que la precede.
Estos ejemplos ilustran una distinción fundamental: descartar una prueba concluyente de antigüedad no equivale a demostrar que todas las roderas sean romanas. La discusión debe resolverse mediante evidencias capaces de establecer fechas, no solo a partir de la apariencia de los surcos o de su relación con elementos del paisaje.
¿Puede el paso de los carros desgastar la caliza?
Una de las objeciones a la explicación convencional es la profundidad y persistencia de algunas marcas. ¿Es realmente posible que el tráfico de vehículos llegue a excavar la piedra de esa manera? El estudio recuerda que las calles de Pompeya, pavimentadas con basalto, acumularon surcos de más de 20 centímetros antes de la erupción del año 79. El ejemplo muestra que el desgaste provocado por el tránsito no es exclusivo de superficies blandas, aunque las condiciones de cada lugar sean diferentes.
En el caso maltés existe, además, un antecedente experimental. Una investigación publicada en 2008 por el geógrafo Derek Mottershead y sus colaboradores examinó el comportamiento de la caliza de Malta y concluyó que incluso las variedades más duras podían sufrir desgaste bajo un carro de unos 900 kilos cuando la superficie estaba mojada. El efecto de las llantas metálicas también debe tenerse en cuenta. Estos resultados respaldan la posibilidad física de que los vehículos generasen roderas, pero no identifican automáticamente qué vehículos las hicieron ni en qué periodo.
Grima plantea que parte de las marcas pudo originarse cuando los caminos estaban cubiertos por una capa delgada de tierra. Ese suelo habría suavizado las irregularidades de la roca y permitido el paso de los carros. A medida que el tránsito profundizaba las huellas y dificultaba la circulación, los usuarios podrían haber abierto un recorrido paralelo. La repetición de ese proceso explicaría por qué algunos trazados discurren muy próximos y por qué aparecen líneas que se desplazan de un camino a otro.
Hay, no obstante, un detalle que merece atención: en el centro de las roderas consideradas antiguas no se observan las marcas de pezuñas que sí aparecen en algunos caminos modernos. Para el investigador, esa ausencia no invalida una cronología romana. Los animales de tiro pudieron circular sin herraduras clavadas, cuya utilización en ese contexto sigue siendo objeto de discusión. Las hipposandalias, unas protecciones metálicas para los cascos, se documentan especialmente al norte de los Alpes y no permiten resolver por sí solas el caso maltés.
La evolución de la red viaria de Malta
A partir de las relaciones entre caminos, asentamientos, canteras y tumbas, Grima propone una secuencia histórica de cinco etapas. Se trata de una reconstrucción del desarrollo de la red viaria, no de una datación directa e individual de cada uno de los surcos registrados.
El desarrollo de asentamientos fortificados y el aumento de los intercambios mediterráneos pudieron favorecer la aparición de los primeros caminos de esta secuencia.
La llegada fenicia se asocia con el crecimiento de la población, la expansión del cultivo de la vid y el olivo y una mayor densidad de las comunicaciones terrestres.
El estudio sitúa en esta fecha el comienzo del periodo romano en Malta y propone que durante esta etapa la red viaria alcanzó su máxima extensión.
La conquista aglabí, vinculada a una dinastía musulmana del norte de África, habría precedido a un periodo de despoblación y al declive de la red de caminos.
El crecimiento demográfico habría impulsado de nuevo la apertura y utilización de caminos, algunos de los cuales dejaron las roderas modernas que hoy pueden distinguirse de las antiguas.
La gran incógnita sigue sin resolverse
El alcance del inventario es considerable, pero no debe confundirse la documentación exhaustiva de un fenómeno con la resolución definitiva de su origen. El propio estudio reconoce importantes limitaciones. Las cronologías dependen de la relación entre las roderas y otras estructuras, y hasta ahora no se ha obtenido una datación radiométrica directa de estas marcas en Malta. Además, buena parte de las excavaciones recientes se desarrollaron con motivo de obras y no se ha publicado suficiente información sobre los materiales encontrados en los rellenos de los surcos.
Precisamente ahí podría encontrarse una vía de investigación importante. Si esos rellenos conservan materiales susceptibles de análisis y su relación con las marcas puede establecerse con seguridad, algunos podrían proporcionar límites cronológicos más precisos. Pero, mientras no se disponga de resultados que lo demuestren, no sería riguroso presentar esa posibilidad como una solución ya conseguida.
La conclusión de Grima es más matizada de lo que a veces sugieren los titulares. La revisión no encuentra pruebas fiables que obliguen a situar algún par de roderas antes del periodo fenicio, pero tampoco consigue excluir que ciertos trazados sean anteriores. La interpretación que vincula buena parte de la red con la Antigüedad clásica cuenta con argumentos arqueológicos, aunque no permite adjudicar una fecha definitiva a cada marca.
Tras casi cuatro siglos de debate, Malta dispone ahora de un inventario mucho más completo de sus caminos grabados en la roca. Sabemos mejor dónde están, cómo se relacionan con el paisaje y qué indicios respaldan las distintas hipótesis. Lo que todavía no sabemos es cuándo se formaron todos ellos. Y esa diferencia importa: los surcos pueden ser la huella de una red de transporte antigua, pero la posibilidad de que algunos conserven una historia más remota no quedará resuelta mediante conjeturas, sino con nuevas pruebas.
Si la hipótesis romana explica buena parte de las roderas, ¿qué análisis permitiría fechar las restantes y descartar definitivamente un origen anterior? ¿Estamos ante una red viaria de la Antigüedad cuyo funcionamiento apenas empezamos a comprender o sigue abierta una incógnita arqueológica que exige nuevas excavaciones y una mejor gestión de las evidencias? La respuesta, por ahora, continúa escrita en la piedra.
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