Parapsicología

Lago Ness: el regreso del monstruo

Si todo marcha bien, la próxima primavera el ingeniero norteamericano Dan Taylor se sumergirá en las gélidas y turbias aguas del Lago Ness con el difícil objetivo de conseguir las evidencias definitivas que demuestren la existencia del escurridizo y cuestionado monstruo que lo habita. Mientras tanto, llega a las pantallas europeas Incidente en el lago Ness, dirigida por Werner Herzog, la última película sobre este enigma legendario.

1 de abril de 2005 (00:00 CET)

Lago Ness: el regreso del monstruo
Lago Ness: el regreso del monstruo
A sus 64 años, hay pocas cosas que Dan Taylor desconozca sobre el Lago Ness. Aunque en primavera se sumergirá en estas frías aguas de Escocia con un submarino de
catorce metros que ha bautizado como «Nessa», en 1969 ya había llevado a cabo una investigación similar. Durante seis meses realizó unas 60 inmersiones con un sumergible de la mitad de tamaño que el actual, el «Viperfish», provisto de dos arpones preparados para tomar muestras de tejido, en el caso de que hubiese establecido contacto con la misteriosa criatura. En aquella ocasión no logró su objetivo, aunque el sonar de abordo registró algunas trazas que podían indicar la presencia de un animal subacuático de notables dimensiones.

Como en su primera aventura, todos los gastos de esta peculiar expedición corren de su cuenta, aunque esta vez contará con la ayuda del biólogo de Atlanta Vicki Leonard Mudd, quien pilotará el submarino y deberá afinar su puntería si se topan con la criatura. Para Taylor no se trataría de un plesiosaurio –como mantiene la teoría más extendida–, sino una anguila gigante.

Quizá tengan suerte, pero lo cierto es que desde hace unos años diversas webcams –cámaras de vídeo conectadas a Internet– escudriñan día y noche las orillas y las frías aguas del Lago Ness, intentado encontrar, con escasos medios, la evidencia definitiva de la existencia de una criatura acuática desconocida para la ciencia, que ha estado presente en la tradición popular escocesa desde hace más de quince siglos.

El «monstruo del Lago Ness», o «Nessie», como le llaman cariñosamente los criptozoólogos, se resiste a ofrecernos un primer plano que nos permita de una vez por todas determinar su naturaleza, aunque al igual que ocurre con su máximo «rival» en popularidad, el «Yeti», existen infinidad de imágenes desenfocadas, oscuras o demasiado parciales que, lejos de probar, más bien parecen desacreditar los avistamientos fiables de la criatura registrados hasta el momento.

A veces las falsas alarmas son originales, como la broma del verano de 2003, cuando a alguien se le ocurrió desenterrar un hueso fósil de plesiosaurio en una orilla del lago. En un principio ciertos medios utilizaron la noticia como confirmación de la existencia de una criatura en el lago en tiempos pretéritos. Sin embargo, pronto los expertos aclararon que, en la época en la que el plesiosaurio caminó sobre la Tierra, hace unos 150 millones de años, no existía ningún lago en la zona, y menos el Ness, que se formó hace apenas 10.000 años.

En otras, las historias adquieren tintes surrealistas, como la desvelada hace unos meses por Jon Ronson, quien aseguró que la Administración Clinton estuvo rastreando las aguas en busca del monstruo durante años, valiéndose de espías psíquicos. Se trata de un ejemplo más que confirma lo acertado de la expresión periodística «serpiente de verano», que se acuñó precisamente porque llegaban más denuncias de supuestas observaciones a los medios de comunicación durante la época estival.

No cabe duda que el lago y su tímido inquilino, que convoca a unos 600.000 visitantes cada año, se convierte en un buen reclamo publicitario, cuyo enésimo ejemplo fue el intento frustrado de cruzarlo a nado, de David Meca, el pasado 27 de diciembre. Pero lo más curioso de este tema es que pese al número de visitantes, al apabullante número de entradas –superior a los dos millones– que se registra en un buscador como Google y a la existencia de diversos museos alegóricos como el Loch Ness Center o el Loch Ness Monster Exhibition, los lugareños se muestran absolutamente escépticos sobre la existencia de la misteriosa criatura, tal como pudimos comprobar personalmente in situ, durante nuestra visita al mismo en diciembre pasado.

Precisamente con esa misma ambigüedad juega el director Werner Herzog en el experimento cinematográfico que ha dirigido bajo el título Incidente en el lago Ness, un film estrenado en Edimburgo a finales del pasado verano y que arranca en forma de documental escéptico, presentando al presunto monstruo como una fantasía y aderezando esa postura con declaraciones de naturalistas, criptozoólogos y un buen número de testigos. Sin embargo, la película adquiere tintes de thriller complicando la trama cuando una vez que el equipo comienza a navegar por el lago, colisiona su embarcación con algo desconocido en medio de una densa niebla. Resumiendo, una aproximación a la criptozoología más cercana al estilo del Proyecto de la Bruja de Blair que a Loch Ness, protagonizada por Ted Danson en 1995.

El escenario del enigma

El Ness es el mayor de los lagos de las Islas Británicas, con profundidades que, en algunas zonas, rozan los 275 metros y abarcan una longitud de 56 km. La temperatura de sus aguas oscila entre la media anual de 5ºC, y los 12ºC de la superficie en pleno verano, presentando un fondo fangoso, que las convierte en un turbio paraje y dificulta la investigación de sus habitantes subacuáticos. No hay orillas precisas, el fondo es indistinguible y cuenta con una gruesa capa de sedimentos, no habiéndose podido demostrar que existan conexiones actuales con el mar o grandes cavidades que pudieran servir de refugio a uno o a varios animales de grandes dimensiones.

El abad Adamnán escribió en el siglo VI una biografía de San Columbano, un monje irlandés que evangelizó las tierras escocesas y que se habría topado con el «monstruo» en el año 565. Cuenta la vieja crónica que el santo y sus acompañantes presenciaron en la orilla del río Ness el enterramiento de un hombre que acababa de ser atacado por dicho monstruo, que seguidamente intentó una vez más atacar a uno de los discípulos de Columbano, momento en el cual, alzando la mano y haciendo la señal de la cruz, el santo le ordenó detenerse. Acto seguido, la criatura desapareció, sumergiéndose rápidamente en el lago.

Aunque este relato parece más bien una leyenda piadosa, no deja de ser importante que reseñe la existencia de un monstruo en el lago, una vieja tradición transmitida al menos desde esa temprana época por los habitantes de los Highlands escoceses, y que se mezcla con otros relatos sobre la presencia de monstruos similares, tanto en éste como en lagos cercanos y a veces interconectados entre ellos, como el Morar, en cuyas aguas habitaría una suerte de diablo acuático, el kelpie, un ser que adoptaría la forma de un caballo cuando se convertía en un depredador.

En cualquier caso la eclosión de Nessie se produce a partir de los años treinta del siglo XX, coincidiendo con la ampliación de la carretera que discurría por sus inmediaciones y con la tala de numerosos árboles que, además de ofrecer mayor visibilidad, convirtieron a este lugar en una zona más transitada. El 14 de abril de 1933 comienza la era moderna de Nessie, cuando el matrimonio MacKay afirmó haber observado, durante algo más de un minuto y a casi medio kilómetro de distancia, una gran estela sobre el agua dejada por algo que se movía bajo su superficie. «Algo» que, durante unos breves instantes, mostró dos jorobas.

Este testimonio del avistamiento fue recogido por el periodista Alex Campbell y publicado en el Inverness Courier. A partir de ese momento arreciaron las supuestas observaciones de la misteriosa criatura. Según las estimaciones realizadas, hasta hoy se han registrado en torno a las 12.000. De hecho, se hicieron tan frecuentes desde 1933 que, ya en diciembre de ese año, el comandante R. T. Gould había elaborado un informe, recogiendo medio centenar de testimonios y llegando a la conclusión de que la criatura medía aproximadamente unos 15 m de largo por 1,5 m de ancho, tenía cabeza pequeña y cuello largo, piel de color oscuro, presentando una protuberancia o «joroba» y hasta cuatro aletas. Los relatos recogidos desde entonces confirman ese aspecto, añadiendo en ocasiones una giba más o bien la existencia de dos protuberancias a modo de cuernos sobre su cabeza.

Plesiosaurios, foca o troncos

Nessiteras Rhombopteryx fue el nombre con el que Robert Rines, de la Academia de Ciencias Aplicadas de Boston, bautizó a la criatura del lago tras obtener en 1972 una fotografía submarina de lo que parecía una aleta romboidal de Nessie. En 1975, y en el marco de las expediciones anuales realizadas por la Oficina de Investigación del Fenómeno Lago Ness, Rines tomaría varias más, entre ellas una que presentó como la cara y los cuernos del monstruo, al que describió como albino, aunque todas ellas han sido puestas en entredicho por los observadores más críticos, ya que si bien no se duda de la autenticidad de las tomas, ni de la honestidad del investigador, se estima que la interpretación de las mismas resulta extremadamente subjetiva y hasta fantasiosa.

Las fotografías de «Nessie» –incluidas las falsas– son innumerables. Muchas de ellas lo presentan con el emblemático Castillo de Urquhart a un lado. Los relatos asociados a dichas imágenes, como la precoz inocentada de 1934 elaborada por Lambert Wilson, autor de la famosa foto del monstruo asomando su cuello y que fue atribuida al doctor Robert H. Wilson, también son numerosas. La primera de todas pertenece a Hugh Gray. Captada en 1933, fue puesta en entredicho por especialistas como Ronald Binns, quién atribuye las observaciones de «Nessie» a objetos o fenómenos convencionales. Este experto también había expresado sus sospechas respecto a la autenticidad de la imagen de Wilson. Pero la pregunta que surge es la siguiente: ¿pueden todos los avistamientos del monstruo del lago Ness explicarse mediante fraudes o meras confusiones con troncos a la deriva, estelas de embarcaciones, rocas u animales de la fauna local, como por ejemplo simples patos?
Quienes mantienen una posición escéptica argumentan que, después de tanto tiempo, no se han encontrado huesos ni despojos dejados por la supuesta criatura desconocida, como cabría esperar de una especie ignorada que se hubiese perpetuado en ese ecosistema concreto. Sin embargo, otros investigadores consideran que las aguas del lago podrían ser el refugio de alguna extraña criatura de una especie ya extinta, quizá un plesiosaurio, o un descendiente de éstos, que pudo llegar al lago hace miles de años a través de algunos de los accesos marinos por entonces viables. En esta hipótesis, debieron de ser varios los saurios prehistóricos que quedaron «atrapados» al cerrarse dichos accesos, única forma de explicar tan larga historia de observaciones. Estos pocos individuos podrían haberse alimentado de la escasa fauna del lugar –truchas, salmones, anguilas, de plancton o de otros elementos–, sin dejar despojos evidentes de su actividad predadora.

Finalmente, un grupo de investigadores piensa que puede tratarse de una especie de gran nutria, una foca de cuello largo o incluso un pez de dimensiones considerables, hasta el momento no catalogado por la ciencia: una especie similar al esturión o incluso una anguila gigante, como propuso el ya citado Dan Taylor. Por su parte, el incansable Roy Mackal propone en su monumental libro El monstruo del lago Ness que estaríamos ante la supervivencia hasta nuestros días de un anfibio gigante prehistórico, solución no tan insólita como la propuesta por Holiday cuando dijo que era un gusano gigante de mar.

En busca y captura

Las amplias aguas del lago Ness han requerido otros sistemas de investigación para localizar a su escurridizo habitante. Y aunque la treintena de fotografías fiables no son del todo buenas, también se han obtenido hasta una veintena de películas y otros tantos registros de sonar y radar de diferente calidad y valor. La más importante fue sin duda la lograda el 23 de abril de 1960 por el ingeniero aeronáutico Tim Dinsdale, cuya autenticidad fue avalada por el Centro de Inteligencia y Reconocimiento Aéreo Adjunto de la Real Fuerza Aérea, aunque el extenso informe reflejaba una postura más bien escéptica hacia la interpretación biológica de lo que mostraban las imágenes. En éstas se ve lo que parece una giba o protuberancia que se mueve lentamente y que aumenta su velocidad, sumergiéndose antes de desaparecer.

En 1964, una expedición de las universidades de Oxford y Cambridge compuestas por tres barcos equipados con sonar detectó ecos extraños que no podían corresponder a peces, algo similar a lo registrado en otra misión desarrollada en 1968. En 1987, la Operación Deepscan con veinte embarcaciones sonar y un minisubmarino, logró tres registros, además de localizar un tronco de madera aparentemente tallado que recordaba a la imagen tomada por Rines en 1975, mientras que en 1992 otra misión de escaneo no halló ni siquiera las cavernas submarinas en las que supuestamente se ocultaría la criatura. El Proyecto Urquhart, 1992-1993, tampoco obtuvo los resultados esperados.

Durante el año 2001 nuestro monstruo acuático preferido volvió a ganar popularidad, gracias a una nueva expedición que no consiguió su objetivo: cazar la criatura. No obstante, originó cierto debate científico, al proponer como explicación del fenómeno las fallas geológicas, cuya actividad provocaría burbujas y movimientos anómalos en el agua, que podían ser confundidos con animales. Pero lejos de resolver el misterio, esta teoría científica sólo sirvió para animar el panorama con jocosas polémicas.
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