3I/ATLAS: ¿Un 'corazón alien' latiendo en el espacio?
Cada 16,16 horas, columnas de gas y polvo surgen desde 3I/ATLAS, iluminándose, expandiéndose, dispersando luz, como un pulso cardíaco en el vacío
El objeto interestelar 3I/ATLAS sigue lanzando pistas inquietantes. En sus últimas apariciones, desde Hawái y Tailandia, dos observadores independientes —Bobby Howe y Teerasak Thaluang— han captado una imagen casi calcada: chorros estructurados emergiendo de 3I/ATLAS, incluida una cola antisolar tan nítida y persistente que desafía la lógica convencional de un cometa de hielo fragmentándose.
Según el astrofísico Avi Loeb, lo verdaderamente desconcertante es que la modulación de brillo que exhibe 3I/ATLAS, con un período de 16,16 horas, no puede venir del núcleo. Éste es diminuto, tan pequeño que sus matemáticas no cuadran: la coma —esa nube incandescente de gas y polvo— domina por mucho la cantidad total de luz registrada. El núcleo visible (si existe de verdad) reflejaría menos de un 1 % de la luz total, según explica en su blog.
Si el núcleo no puede explicar la variabilidad lumínica, la fuente plausible —y más lógica según Loeb— son los chorros. Imagina un “latido” cósmico: cada 16,16 horas, columnas de gas y polvo surgen desde 3I/ATLAS, iluminándose, expandiéndose, dispersando luz —como un pulso cardíaco en el vacío. Esa pérdida de masa pulsada generaría la variabilidad que se detecta, algo coherente con las imágenes recientes que muestran múltiples jets bien definidos, incluida la anti-cola apuntando hacia el sol.

Para que un cometa natural alcanzara ese comportamiento, necesitaría algo extraordinario: una reserva colosal de hielo concentrada en una zona del núcleo, que se exponga al Sol cada 16 horas con precisión de reloj. Tan perfecto que suene a obra de relojería. Difícil de creer. Por contra, en un objeto de naturaleza artificial —una nave, un artefacto— esos chorros podrían activarse por simple voluntad, sin depender del calor solar. Loeb sugiere que lo que vemos podría ser una propulsión controlada, no sublimación casual.
Si alguien pensaba que 3I/ATLAS era un simple cometa —un viajero helado y azaroso surgido de las frías profundidades interestelares—, estas pruebas complican mucho esa tesis. El corazón late, los jets se comportan con un orden asombroso, y la coma resplandece con ritmo propio, no con la cadencia impuesta por el sol.

Queda ahora algo urgente y concreto por hacer: seguir su rastro fotográfico durante días, coordenada tras coordenada, y comprobar si ese brillo pulsado sigue alguna regla solar —lo que apuntaría a sublimación— o si se rige por otro patrón, independiente del Sol —lo que abriría la puerta a lo tecnológico. Hasta ahora, nadie parece haber hecho ese análisis a fondo.
A quienes ya sienten que no todo está explicado, a los que se resisten a aceptar lo evidente sin cuestionarlo: 3I/ATLAS los llama a no bajar la guardia. El cometa —siquiera natural— se convierte de pronto en un desafío serio a nuestra comprensión: una señal latente, un enigma en movimiento. Y como buen enigma… pide ser observado.








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