La NASA difumina las imágenes de la Luna para ocultar estructuras artificiales
Un físico de la Universidad de Utrecht cree que hay más de 50 % de probabilidad de que existan tecnofirmas extraterrestres en la Luna
La probabilidad de que existan estructuras artificiales en la superficie lunar supera el 50 %. No lo afirma un divulgador entusiasta ni un veterano de la ufología clásica, sino el físico teórico Maaneli “Max” Derakhshani, investigador vinculado a la Universidad de Utrecht, que ha decidido poner cifras —y método científico— a una sospecha que lleva décadas orbitando alrededor de la Luna.
Derakhshani sostiene que determinadas formaciones detectadas en la superficie lunar no encajan en ningún modelo geológico estándar conocido y deberían ser consideradas seriamente como posibles tecnofirmas, es decir, huellas materiales de una tecnología avanzada no humana. Su afirmación no es retórica: está respaldada por un estudio técnico publicado en TSI Journals, accesible públicamente, titulado Image Analysis of Unusual Structures on the Far Side of the Moon in the Crater Paracelsus C.
El trabajo se centra en el cráter Paracelso C, situado en la cara oculta de la Luna, una región históricamente menos observada desde la Tierra y, por tanto, más dependiente de datos orbitales. Para su análisis, el equipo empleó inteligencia artificial aplicada al estudio de imágenes obtenidas por la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO), detectando estructuras con ángulos rectos perfectamente definidos, algo extremadamente raro —cuando no problemático— en un entorno formado exclusivamente por impactos, fracturas y erosión micrometeorítica.

Las dimensiones de algunas de estas formaciones resultan especialmente llamativas. Según el estudio, hay elementos que alcanzan los 30 metros de altura y superan los 100 metros de diámetro, incluyendo una estructura claramente identificable en forma de “T”, cuya geometría, en palabras del propio Derakhshani, no puede explicarse únicamente mediante procesos naturales conocidos. No se trata de simples sombras caprichosas o efectos de iluminación rasante: el análisis computacional refuerza la persistencia y coherencia geométrica de las formas.
Conviene recordar qué instrumento está detrás de estas imágenes. La Lunar Reconnaissance Orbiter lleva estudiando la Luna de manera ininterrumpida desde 2009, lo que la convierte en la misión orbital lunar más longeva de la historia. Sus sensores han cartografiado la superficie con un nivel de detalle sin precedentes, midiendo temperatura, composición mineral y entorno de radiación con una precisión extraordinaria. La propia NASA detalla sus capacidades y objetivos en su página oficial.

Y aquí surge la pregunta incómoda. Si disponemos de datos de altísima resolución, si un análisis independiente detecta patrones geométricos anómalos y si un físico teórico de primer nivel sitúa la probabilidad de artificialidad por encima del 50 %, ¿por qué no existe una evaluación oficial clara y transparente de estos hallazgos?
Es en este punto donde el titular cobra todo su sentido. Derakhshani apunta a que muchas de las imágenes lunares difundidas públicamente aparecen difuminadas, suavizadas o degradadas en zonas concretas. No sería una decisión arbitraria. La Ley Espacial de 1958, que rige el funcionamiento de la NASA, establece que cualquier descubrimiento que pueda afectar a la seguridad nacional de Estados Unidos debe ser clasificado. Si una anomalía en la Luna se interpreta —aunque solo sea potencialmente— como evidencia de tecnología no humana, el encaje legal para su ocultación existe.
Esta sospecha no surge en el vacío. Ya en los años setenta, Donna Hare, ex empleada de la NASA, aseguró haber visto fotografías de alta resolución de ovnis y objetos anómalos en misiones espaciales que nunca llegaron al dominio público, porque eran interceptadas antes de su publicación. Décadas después, el hacker Gary McKinnon afirmó haber accedido a imágenes sin retocar donde aparecían objetos no identificados y referencias a naves “no registradas”, que posteriormente desaparecían de los archivos accesibles.

Tres elementos distintos, separados en el tiempo, pero con un patrón común: la existencia de material original más claro, más definido y más comprometedor que el que finalmente se hace público.
La Luna siempre se nos ha presentado como un cuerpo muerto, completamente conocido, sin secretos relevantes. Sin embargo, el trabajo de Derakhshani introduce una grieta seria en ese relato. No afirma que haya bases extraterrestres activas ni civilizaciones lunares ocultas, pero sí algo quizá más perturbador: que podrían existir restos, estructuras o evidencias tecnológicas antiguas que no encajan en la historia oficial de un satélite estéril.
Si la ciencia detecta posibles tecnofirmas, si las imágenes originales parecen sufrir procesos de difuminado selectivo y si la legislación permite clasificar hallazgos incómodos… ¿estamos ante una simple cautela institucional o frente a una gestión deliberada de la información para evitar una verdad que nunca ha sido oficial?









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