Teotihuacan, el día del equinoccio
Teotihuacán: Donde los hombres se hacen dioses y los turistas buscan su energía.
Ciudad de México, D. F., equinoccio de primavera, cinco de la mañana. Son los olores del metro Indios Verdes —una mezcla de fritangas, humo de los escapes del transporte público y basura— los que despiertan totalmente a los madrugadores. Para llegar a las pirámides de Teotihuacán hay que tomar los autobuses del final del «pasillo J», pero hoy hay que hacer una larga cola.
La mayoría van vestidos de blanco; algunos con una cinta roja en la frente y en la cintura para «proteger sus chakras»; otros, porque «el color representa la voluntad de su espíritu». Desde que el dalái lama vino al lugar en 1992 para «activar» con sus rezos, bailes y meditaciones el despertar de este «polo energético» de la Tierra, la zona arqueológica número uno de México se torna, como hace dos mil años, en una bulliciosa ciudad de peregrinos fervorosos, comerciantes, músicos, danzantes, «chamanes», antropólogos y sanadores.
El ritual del Sol y la serpiente
En la entrada principal hay grupos organizando la visita; apuran a la gente. Falta poco para que los primeros rayos del Sol jueguen con las sombras del Templo de Quetzalcóatl —una de las construcciones emblemáticas del lugar— y sorprendan a todos iluminando sus enormes cabezas de serpiente emplumada. Es el inicio del ciclo agrícola anual, la marca que indica que Quetzalcóatl debe bajar al inframundo para renacer y dar alimento a los hombres hechos de masa de maíz.
Por un instante, los boquiabiertos visitantes admiran la precisión de la ciencia calendárica y el arte teotihuacano, mientras el sonido de caracoles, los tambores y las guitarras de las danzas «concheras», y las nubes de incienso y copal flotan en el ambiente.

Comercio y misticismo
Artesanos de la región se acercan con expositores portátiles llenos de collares, figuras de barro, cuchillos de obsidiana, ocarinas, pulseras, máscaras de conchas pulidas, arcos, flechas y todo tipo de piedras preciosas.
«Llévele a su suegra un cuchillo de obsidiana, señorita», dice macabro uno de ellos mientras enseña afilados punzones de piedra negra, como los usados para los sacrificios rituales de corazones que se practicaban para garantizar la vitalidad de los dioses de la fertilidad.
En Teotihuacán siempre fueron bienvenidos los comerciantes, aunque hoy las autoridades tratan de mantenerlos a raya. Antaño eran respetados y probablemente compartieron el poder económico del Estado teotihuacano, pues gracias a ellos la ciudad controló materias primas como la obsidiana, fundamental para fabricar armas. Ahora, un nuevo tipo de comerciante aprovecha la ocasión: el que vende masajes con técnicas «de origen prehispánico», hace «limpias» con copal u organiza temazcales purificadores en spas de las cercanías. Gajes de la new age que crean divertidas escenas de sanaciones al aire libre y masajes de pies para caminantes agotados.

El ascenso al cielo
El reto principal consiste en ascender por la Pirámide del Sol, un edificio de 62 metros de alto y 200 de lado, con escaleras angostas y empinadas, construido alrededor del año 100 d. C. sobre una cueva sagrada. Arriba hay que pedir paso a los visitantes que extienden los brazos buscando rayos de buena «vibra». Abajo, las ruedas de danzantes atraen a los curiosos con sus penachos coloridos y sus cascabeles de caracoles.
En las familias comienza la competencia: «¡A ver quién llega primero!», dicen los intrépidos. Salvo algunas insolaciones o cambios de presión arterial, los únicos «sacrificados» son los abuelos que aguantan bajo el sol esperando a que los nietos les saluden desde la cima. Los que se desesperan deciden subir a la Pirámide de la Luna (de 42 metros), pues hay menos fila, aunque desde 2001 su cima está clausurada por investigación.
Al bajar, las piernas tiemblan. Mitad mito, mitad realidad, la historia dice que sobre estas plataformas de piedra se reunieron los dioses para crear el mundo. Ante sus ruinas, los herederos se sienten pequeños, pero el viento sopla una refrescante ráfaga que, en cierta forma, apura el despertar de un pueblo que vive a la deriva.








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