Misterios
05/12/2025 (09:48 CET) Actualizado: 05/12/2025 (09:48 CET)

Un avión es impactado por un rayo cósmico

La avería que dejó a 300 pasajeros al borde del desastre podría tener un origen tan improbable como perturbador

Josep Guijarro

Periodista y escritor

05/12/2025 (09:48 CET) Actualizado: 05/12/2025 (09:48 CET)
Puede una supernova derribar un avión
Puede una supernova derribar un avión

El 30 de octubre de 2025 un Airbus A320 de la compañía JetBlue, que volaba de Cancún (México) a Newark (EE.UU.) vivió momentos de pánico: en pleno crucero, sin tormenta a la vista, el avión se desplomó repentinamente miles de metros. El descenso abrupto provocó lesiones en al menos 15 pasajeros —varios con heridas en la cabeza— y obligó a un aterrizaje de emergencia en Tampa, Florida. 

Inicialmente, el fabricante del Airbus explicó el incidente como consecuencia de “radiación solar intensa” que habría corrompido datos críticos en los sistemas de control del avión. Pero ese diagnóstico no convenció a todos. 

Enterados de la historia, varios expertos en espacio y radiación lanzaron otra hipótesis mucho más perturbadora: una ráfaga de partículas de alta energía, un “rayo cósmico” procedente de una supernova distante habría golpeado el avión —o más exactamente, habría interferido con sus sistemas electrónicos— provocando el incidente. 

Es decir: no fue ninguna tormenta solar local, sino un “pequeño” fragmento de universo. Literalmente.

Un A3200 de la compañia JetBlue protagonizó un extraño incidente
Un A3200 de la compañia JetBlue protagonizó un extraño incidente

¿Qué son los rayos cósmicos… y por qué asustan?

Los rayos cósmicos (cosmic rays) son partículas de altísima energía —protones, núcleos atómicos, etc.— que viajan por el espacio a casi la velocidad de la luz. Muchas proceden de fenómenos violentos: agujeros negros, explosiones estelares (supernovas), o remanentes de eventos en galaxias lejanas. 

Cuando estas partículas alcanzan la atmósfera terrestre, colisionan con átomos y generan un “cinturón secundario” de partículas: neutrones, muones y otras sub-partículas capaces de penetrar capas de metal y entrar en el interior de un avión volando a gran altitud. En esas condiciones, incrementa enormemente la exposición a radiación energética. 

El problema real viene con la electrónica. Los sistemas modernos de control de vuelo (ordenadores, memorias, chips) pueden ser vulnerables a lo que se llama “single-event upset” (SEU): un solo rayo cósmico puede alterar un bit —cambiar un “0” por un “1”, o viceversa— en la memoria o lógica de un circuito. Esa alteración puede provocar errores transitorios: datos corruptos, comandos inesperados, reinicios o fallos críticos.

Estamos hablando de tecnología sensible, redundante y diseñada para ser robusta… pero aparentemente no invulnerable. Y cuando la electrónica “se vuelve loca” a 10 km de altitud, con ochenta toneladas de metal volando —el resultado puede ser aterrador.

Pero, ¿encaja la hipótesis del rayo cósmico con lo ocurrido? Y, sobre todo, ¿encaja con lo que no ocurrió? Porque si realmente una oleada de partículas energéticas atravesó la atmósfera, ¿cómo es que no afectó también a otros vuelos en ruta? ¿Por qué no hay reportes de satélites reiniciándose, comunicaciones interrumpidas, sistemas GPS degradados? Las tormentas solares suelen dejar un rastro nítido de daños; un evento cósmico de esa magnitud debería haber sido aún más evidente. 

La actividad electromagnética es la mayor de los últimos 20 años
2015 se despide con una llamarada solar

Estas preguntas son las que abonan el espacio a otras hipótesis. Según Clive Dyer, experto en meteorología espacial y radiación de la Universidad de Surrey (Reino Unido) los niveles de radiación [del 30 de octubre] no eran lo suficientemente fuertes como para afectar al vuelo, y señaló que probablemente se debía a una supernova.

Los rayos cósmicos se crean cuando las estrellas masivas explotan en supernovas al final de sus vidas, lanzando protones a través del universo a la velocidad de la luz.  

Existen precedentes dudosos: en 2008, un avión Qantas Flight 72 experimentó dos caídas repentinas —el avión bajó de altitud dos veces solo—; la causa nunca se resolvió definitivamente, pero se consideró la posibilidad de un “bit flip” en los sistemas.

Airbus, tras el incidente, ordenó una actualización urgente de software en más de 6.000 aviones A320 —una de las mayores llamadas a revisión de la historia reciente. 

Según la empresa, la causa fue radiación solar intensa —un fenómeno conocido como “space weather”: explosiones solares, eyecciones de masa coronal, tormentas geomagnéticas, etc.— que habrían interferido con los datos críticos de los sistemas de control.  Le da la razón los datos publicados por varios equipos de investigación revelan que durante las últimas llamaradas solares, la radiación en cabina alcanzó su mayor nivel en veinte años. No se trata de conjeturas ni de titulares alarmistas; son mediciones directas realizadas en vuelos reales, sensores reales, trayectorias reales. Y si esos picos se estaban registrando en escalas globales, ¿cómo encaja eso con la idea de que lo del JetBlue fue un golpe aislado procedente de una supernova remota?

El estallido de una supernova puede afectar a los aviones, según un estudio
El estallido de una supernova puede afectar a los aviones, según un estudio

Y si no fue una supernova... ¿Por qué no hubo un incidente en otros vuelos cercanos, satélites, sistemas GPS o de comunicaciones? ¿La nube de partículas era extremadamente localizada? ¿Un “flash” puntual? ¿O la casualidad absoluta?

Entre ambas líneas de explicación queda un territorio incómodo: ese punto en el que la ciencia reconoce que no tiene todas las variables controladas. Que los rayos cósmicos no son una amenaza teórica, sino un riesgo real que la aviación moderna solo puede mitigar… nunca evitar. Y que un solo bit alterado puede torcer el destino de un vuelo entero, sin aviso, sin patrón, sin lógica aparente.

No es una conspiración alienígena, ni un OVNI, ni una predicción al estilo milenarista. Es algo más prosaico… y quizás más inquietante: un bit maldito, inofensivo a simple vista, capaz de poner en jaque la seguridad de un Airbus A320.

Y eso, mi querido lector, quizá sea lo más aterrador de todo.

Sobre el autor
Josep Guijarro

Josep Guijarro es reportero de prensa, radio y televisión, además de autor de varios libros entre los que cabe destacar El secreto de los aliens (edición ampliada y actualizada en 2024 de Aliens Ancestrales) o Casualidad, que continúa la saga de su bestseller Coincidencias Imposibles. Es documentalista de la serie Extraterrestres (DMAX) y forma parte de los programas El Colegio Invisible y La Rosa de los Vientos, ambos en Onda Cero.

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