Civilizaciones perdidas

Así se hizo la Gran Pirámide (II)

La construcción de la Gran Pirámide, uno de los grandes enigmas de la historia de la humanidad, puede quedar pronto resuelto.

1 de Agosto de 2019 (16:00 CET)

Así se hizo la Gran Pirámide (II)
Así se hizo la Gran Pirámide (II)

A principios de 2017 un jubilado español, carpintero para más datos, inventó una curiosa máquina de madera mediante la cual, según afirmó, «una persona no excesivamente atlética podría levantar sin problema cien kilos como si fuesen diez. Si el tamaño de la máquina es mayor, mayor será el volumen que se puede subir». El artefacto, que fue patentado, no está exento de ingenio. Se trataría de colocar una escalera dentada en cada cara de la Gran Pirámide y mediante una serie de palancas a ambos lados de la misma, se empujaría la piedra que estuviera colocada encima, desplazándola, «diente a diente», hasta la parte en la que se desea colocar. Y el invento funciona, qué duda cabe, pero con piedras menores y no con piezas de sesenta toneladas.

Herminio Hernández, el inventor del aparato que transporta piedras
 

Sea como fuere es el reflejo de que Keops –y el enigma de su construcción– sigue despertando pasiones en todo el planeta. De hecho, meses atrás, varios científicos encabezados por el arqueólogo Mark Lehner, han concluido, gracias a la aparición de un papiro perteneciente a uno de los supervisores de su construcción, que la Gran Pirámide de Keops se levantó gracias a un complejo sistema hidráulico, apoyado por una red de barcazas en el Nilo y unos canales especiales por los que eran desplazados dichos bloques. ¿Qué significa esto? Según el documento encontrado en el puerto de Wadi al-Jarf, en las costas del mar Rojo, los cuarenta obreros que trabajaban para este supervisor se encargaron de construir una serie de diques con el objetivo de desviar las aguas del Nilo para que éstas llegaran hasta el lugar donde se estaba erigiendo el monumento. 

El papiro que supuestamente explica cómo trasladaron los bloques de piedra en la Gran Pirámide
 

Rápidamente se han levantado las voces críticas que afirman que se trata de un nuevo show para potenciar el lanzamiento de un documental. El historiador egipcio Fathi Abdul lo tiene muy claro: «No hay explicación; no la hay salvo que sepamos nadar entre los mitos y la historia. Los mitos dicen que mediante la música lograban entrar en un estado de trance profundo, liberando grandes cantidades de adrenalina y con la fuerza de la mente lograban elevar los bloques y desplazarlos». Me quedo perplejo. En otras partes del planeta con enigmas más o menos similares he oído cosas parecidas; en Isla de Pascua se asegura que los moai eran desplazados mediante una fuerza sutil a la que llamaban maná, que hacía que éstos «volasen» hasta su ubicación final. Pero es un mito. Sin más. Fathi me mira y sonríe ante mi asombro. «Vamos a la Cámara del Rey. Vas a ver con tus propios ojos algo singular».

Entramos por el canal de Al-Mamún, un túnel excavado en la piedra que penetra en la pirámide, subimos por el canal ascendente, atravesamos la gran galería y al fin, accedemos a la cámara real. Mi acompañante, sin dudarlo, se introduce en el sarcófago. El agente de seguridad no lo mira; lo conocen sobradamente. Me acerco y lo veo tumbado con los ojos cerrados. Empieza a emitir un sonido grave, como el que profieren los lamas durante el rezo. Abre los ojos sin dejar de «murmurar» y coloca una moneda sobre el saliente del sarcófago. Y de repente, un zumbido me remueve por dentro. Observó la moneda y veo que empieza a temblar. No puedo evitar la sorpresa. Sería muy largo de contar pero en ese instante entiendo lo que me quiere decir; mil personas en este mismo lugar haciendo ese mismo sonido podrían hacer que la pirámide temblase. Es pura física: las ondas sonoras no encuentran una pared porosa que las absorba –porque aquí está perfectamente pulida– y rebotan siempre con la misma intensidad colisionando entre sí. De esta manera y con la técnica adecuada, quién sabe, posiblemente no podrían desplazar estos monumentales bloques, pero llegado el caso, sí colocarlos en su ubicación final haciéndolos «flotar» con un sonido determinado. Sea como fuere no dejaremos de hablar de este colosal enigma. Al fin y al cabo fascina por la impunidad con la que desafía nuestra razón desde hace cuatro mil años…

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