La Reina Sofía y la roca de los extraterrestres
La Reina Sofía, J.J. Benítez y la roca “extraterrestre” que descansa en el Palacio de la Zarzuela
En los jardines del Palacio de la Zarzuela, entre rosales y fuentes discretas, se esconde un objeto de lo más pintoresco: una piedra de dos toneladas que algunos presentan como un vestigio de otra humanidad. Su historia, mitad odisea logística y mitad guion de cine marciano, comienza en el sur de Perú, en la ciudad de Ica. Allí el doctor Javier Cabrera amasó una colección monumental de más de 11.000 piedras grabadas con escenas imposibles: humanos conviviendo con dinosaurios, cirugías de corazón y cerebro, mapas estelares y máquinas voladoras.
A mediados de los años setenta, un joven periodista llamado Juan José Benítez quedó fascinado por aquellas reliquias y las convirtió en materia de su primer ensayo, Existió otra humanidad. El libro, publicado en 1975, no tardó en despertar la curiosidad de una lectora muy especial: la Reina Sofía, cuya afición por la arqueología y los ovnis era un secreto a voces en los pasillos del Palacio de la Zarzuela.

Una piedra de dos toneladas para la Reina
En 1980, Benítez viajó de nuevo a Ica y, con la colaboración de Cabrera, consiguió un “regalito” para la reina: una piedra de Ica de 2.000 kilos. El obsequio aterrizó en Madrid tras un periplo casi tan complicado, según relata el periodista en su web. Hubo grúa en Barajas, escolta improvisada y un séquito de periodistas que fotografiaron el momento en el que el pedrusco fue depositado en Zarzuela, con la reina sonriente y Sabino Fernández Campo supervisando la operación. Debajo de estas líneas mostramos la fotografía que luce, desgastada por el sol, en las paredes del Museo Cabrera en la localidad de Ica (Perú) que pudimos fotografiar recientemente.

La roca, según Benítez, mostraba un “misterioso ser de una civilización desconocida”. Cabrera la acompañó con una carta solemne: “Esta piedra forma parte del legado más valioso y significativo que haya recibido nuestra actual humanidad, de aquella otra anterior que viviera en el planeta Tierra, en la misma época que vivieron los dinosaurios”. Nada menos.
El destino final de la piedra fue la zona de la piscina del palacio. Hoy, la Casa Real confirma que el objeto sigue allí, bajo custodia de Patrimonio Nacional, como cualquier otro regalo oficial.

Entre la arqueología imposible y el escepticismo
Las piedras de Ica dividen a expertos y creyentes. Para algunos son la prueba de que en la antigüedad existió una civilización avanzada, quizá de origen extraterrestre. Para otros, se trata de un fraude artesanal. De hecho, en 1977 la BBC filmó a un campesino local tallando y envejeciendo una de las piedras en cuestión de minutos. El doctor Cabrera defendió hasta su muerte la autenticidad de su colección, y Benítez la convirtió en pilar de sus investigaciones sobre “otras humanidades”.
Lo cierto es que, real o falsa, la piedra de la Reina Sofía es un objeto único, testimonio de una época en la que los ovnis y la arqueología fantástica convivían con la transición política española.

La reina le pidió a Benítez que organizara un encuentro con ufólogos locales
Sofía, ovnis y noches en vela
La pasión de doña Sofía por el misterio está documentada. En 1978, durante un viaje oficial a Perú y México, pidió a Benítez que organizara un encuentro con ufólogos locales. Llegó a pasar varias horas con Carlos Paz, del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias, preguntando sin rodeos: “¿Y yo puedo ver un ovni?”. La anécdota más célebre ocurrió en Nochebuena de ese año, cuando, según relató Benítez, la reina esperó durante horas un avistamiento en los cielos de Madrid. El ovni nunca se presentó.
Décadas después, la piedra sigue en el Palacio de la Zarzuela, convertida en un enigma decorativo. ¿Es un vestigio de otra humanidad, una prueba del contacto extraterrestre o un souvenir exótico con aspiraciones cósmicas? Eso ya depende de la mirada de cada uno.
Lo indudable es que el “pedrusco extraterrestre” forma parte de la historia secreta —y un tanto surrealista— de la monarquía española. Una historia en la que J.J. Benítez no fue solo cronista, sino también proveedor de misterios a medida.
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