Misterios
08/07/2026 (08:05 CET) Actualizado: 08/07/2026 (08:05 CET)

Un viajero del tiempo describe lo que pasará en el futuro

Un hombre asegura haber viajado hasta el año 2118 y regresado con una visión escalofriante del futuro de la humanidad

espacio misterio
08/07/2026 (08:05 CET) Actualizado: 08/07/2026 (08:05 CET)
El viajero temporal muestra la foto de la metrópolis que llama District 508
El viajero temporal muestra la foto de la metrópolis que llama District 508

Un hombre enmascarado que dice haber sido reclutado por la CIA en 1981 y devuelto del futuro con fotos de la Tercera Guerra Mundial vuelve a circular gracias a un tabloide británico. La historia es vieja, la máscara es de látex y la pregunta de fondo no es si viajó en el tiempo, sino por qué seguimos abriendo la noticia aunque sepamos la respuesta de antemano.

El titular del Daily Mail tiene todos los ingredientes: La palabra "escalofriante", una guerra mundial y la CIA. Valores seguros para el clickbait. El protagonista se identifica como Alexander Smith y no es, ni de lejos, una cara nueva: sus vídeos circulan desde hace años por el canal de YouTube ApexTV —un espacio especializado en testimonios de encuentros paranormales, avistamientos y relatos de viajeros del tiempo— y cada cierto tiempo un medio los recupera como si fueran noticia fresca. Pero el vídeo es de hace 7 años.

¿Quién dice ser y qué asegura haber visto?

Según su relato, Smith trabajaba como carpintero en 1981 cuando dos hombres de traje negro llamaron a su puerta y le explicaron que ya había trabajado antes para la CIA, la Agencia Central de Inteligencia estadounidense. Le pidieron que los acompañara sin avisar siquiera a su esposa. El resto de la historia se cuenta a través de un rostro cubierto por una máscara de látex con nariz prominente y cabeza calva, un recurso habitual en este tipo de testimonios para "proteger la identidad" del supuesto testigo.

Alexander Smith muestra la metrópolis del futuro
Alexander Smith muestra la metrópolis del futuro

Smith afirma haber sido trasladado al año 2118, a una metrópolis que llama "District 508", de la que trajo una fotografía —"con una ligera distorsión provocada por el viaje", según su propia explicación— que el Gobierno le habría confiscado, aunque él conservó una copia. Entre sus predicciones: la inteligencia artificial terminará gobernando el planeta, un conflicto menor entre Estados Unidos y Corea del Norte escalará hasta convertirse en lo que "algunos podrían describir como una Tercera Guerra Mundial" tras la entrada de Rusia en apoyo de Pyongyang, y la CIA oculta tecnologías avanzadas, entre ellas una máquina del tiempo. En entrevistas posteriores llegó a fechar la llegada de los viajes en el tiempo comerciales y la revelación gubernamental de vida extraterrestre inteligente en el mismo año: 2028.

No ha aportado ninguna prueba verificable. Físicos consultados por medios que han cubierto el caso, como Gary Horowitz —de la Universidad de California en Santa Bárbara— y William Hiscock —profesor de física en la Universidad Estatal de Montana—, coinciden en algo que conviene subrayar: la relatividad general no prohíbe matemáticamente el viaje en el tiempo, pero eso no equivale a que sea físicamente realizable, y desde luego no hay ningún indicio de que exista ya.

Un fotograma del vídeo difundido en el canal de ApexTV
Un fotograma del vídeo difundido en el canal de ApexTV

La pregunta sociológica

Aquí es donde el caso deja de ser sobre Alexander Smith y empieza a ser sobre nosotros. El titular del Daily Mail no está diseñado para convencer a nadie de que el viaje en el tiempo es real. Está diseñado para generar un segundo de duda irresistible, y esa duda funciona igual en el lector que lleva veinte años siguiendo la ufología como en el que jamás ha abierto un libro sobre el tema.

Hay varios mecanismos trabajando a la vez. El primero es el más obvio: la promesa de una respuesta a preguntas que, de verdad, no tienen respuesta todavía —¿habrá una Tercera Guerra Mundial?, ¿qué esconde la CIA?— es más atractiva que la ausencia de respuesta, aunque la fuente sea un hombre con una máscara de goma. El segundo es lo que en psicología se conoce como el "gap de curiosidad": el titular deja una laja de información deliberadamente abierta —¿qué inventos?, ¿qué guerra?— que el cerebro necesita cerrar, aunque sea con una respuesta que ya sospecha decepcionante.

Profecías sobre la III Guerra Mundial
Profecías sobre la III Guerra Mundial

El tercero es más incómodo: la actualidad ayuda. Un relato sobre una guerra mundial provocada por una escalada entre potencias nucleares aterriza en un momento en que la tensión geopolítica real ocupa portadas todos los días. El viajero del tiempo no inventa la ansiedad, la pesca. Y el cuarto mecanismo es el más viejo de todos: el disfraz de autoridad. La máscara, el traje, el tono sobrio del narrador y la mención a la CIA —una agencia con un historial real de programas encubiertos, lo que le da una pátina de plausibilidad prestada— construyen una escenografía de seriedad que no tiene nada que ver con la solidez de las pruebas.

Lo interesante es que ninguno de estos resortes exige que el lector "se lo crea". Basta con que le pique la curiosidad durante los tres segundos que tarda en hacer clic. El negocio del tabloide no depende de la fe del lector, depende de su reflejo.

Una cronología familiar: el mismo patrón, distintos disfraces

El caso de Alexander Smith no es una anomalía. Es la última entrada de una lista que, en Espacio Misterio, llevamos años documentando y, casi siempre, desmontando.

2016 Una momia de 1.500 años hallada en Mongolia, con un calzado tradicional cuyo dibujo recordaba a unas zapatillas Adidas, se hizo viral como supuesta prueba de un viaje en el tiempo. La explicación arqueológica —calzado turco tradicional, no una zapatilla moderna— nunca viajó tan lejos como la foto. Ver caso.
2016 Un supuesto "teléfono móvil" de 800 años de antigüedad, con escritura cuneiforme en el lugar de las teclas, resultó ser una obra de arte contemporánea —una réplica "fosilizada" de un Sony Ericsson— de un estudio alemán llamado Art Replik, mal interpretada por un vídeo viral. Ver caso.
2022 Un usuario de TikTok que se presentaba como @futuretimetraveller aseguró proceder del año 2491 y fijó una fecha concreta, el 24 de mayo de 2022, para el contacto extraterrestre. La fecha llegó y pasó sin nada que se le pareciera. Ver caso.
2026 Alexander Smith, entrevistado originalmente por ApexTV, resurge en el Daily Mail con su relato de 2118, la CIA y la Tercera Guerra Mundial.

El patrón se repite con una precisión casi aburrida: una imagen o un testimonio ambiguo, una explicación fantástica que llega primero, una explicación mundana que llega después y viaja mucho más despacio, y una audiencia que —como bien sabéis los que seguís nuestra cobertura sobre la física del viaje en el tiempo— disfruta más del misterio abierto que del caso cerrado.

El contraejemplo: la fiesta a la que nadie llegó

Si hay un experimento que merece colgarse en la pared es el que organizó Stephen Hawking —el físico teórico británico (1942-2018), conocido por sus trabajos sobre agujeros negros y el origen del universo— en junio de 2009. Hawking montó una recepción con champán, globos y una pancarta que decía "Bienvenidos, viajeros del tiempo" en un salón de la Universidad de Cambridge. La trampa estaba en el calendario: no envió ni publicó la invitación hasta que la fiesta ya había terminado. Si alguien, algún día, aprendía a viajar al pasado, esa era la ocasión perfecta para demostrarlo, porque solo quien viniera del futuro podría haber conocido la cita a tiempo.

No llegó nadie. Hawking, fiel a su sentido del humor, resumió el resultado con ironía y lo empleó como argumento —no una prueba definitiva, él mismo lo dejó claro, pero sí un indicio de peso— a favor de su "conjetura de protección cronológica": la idea de que las leyes de la física, tal y como las entendemos, tienden a impedir que se formen máquinas del tiempo capaces de alterar el pasado.

"La Tierra será un infierno", aseguró Stephen Hawking
"La Tierra será un infierno", aseguró Stephen Hawking
 

La diferencia entre el experimento de Hawking y el relato de Alexander Smith no es solo de rigor. Es de actitud. Uno diseñó una prueba que podía fallar y publicó el resultado, fuera cual fuera. El otro ofrece una fotografía "confiscada" que nadie puede examinar y una identidad oculta tras una máscara que nadie puede verificar. Uno arriesga una hipótesis. El otro la protege de cualquier posibilidad de refutación, que es exactamente lo que distingue una afirmación científica de una que no lo es.

Entonces, ¿por qué seguimos haciendo clic?

Porque el clic no compra la historia, compra la posibilidad de la historia. Y esa posibilidad —por remota que sea— sigue siendo más interesante que la certeza de que no ha pasado nada. Los medios que reciclan a Alexander Smith cada pocos meses lo saben perfectamente: no hace falta convencer, basta con rozar la curiosidad. La diferencia entre el periodismo que se toma en serio estos temas y el que solo los explota está, precisamente, en lo que se hace después del titular: si se pregunta quién es la fuente, qué pruebas aporta, qué dice la física real y qué pasó la última vez que alguien prometió una fecha concreta para lo inexplicable. La curiosidad no es el problema. Dejar de hacer esas preguntas, sí.

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