La adivinación en el arte, bajo el signo de Saturno
El arte como espejo de lo invisible: mancias, mitos y médiums en el MUNAL
Los Wittkower, una pareja de alemanes apasionados del arte, escribieron en 1963 un tratado sobre la conducta social de los artistas. Se dice que todos comparten características en común: su rebeldía, su informalidad, su egocentrismo. Caprichosos y obsesivos, el mito aseguraba que todos vivían regidos bajo un planeta que obliga a sus hijos a buscar el reconocimiento. Rudolf y Margot Wittkower titularon a su libro “Bajo el signo de Saturno”.
Saturno en la astrología es un planeta de disciplina que no tiene piedad al devorar a sus hijos. Rige dos signos zodiacales: Capricornio y Acuario. André Breton, piedra angular del surrealismo y fiel creyente de la astrología, era Acuario; o al menos eso decía él. Aunque nació el 19 de febrero (Piscis), siempre mencionaba que pertenecía al 18 (porque le gustaba más ser Acuario).
Él hacía cartas astrológicas para sus conocidos y una de ellas, la del editor Jean Schuster, quedó en manos de su viuda, Lourdes Vilchis. En una donación que por sí misma es toda una historia, la carta astrológica cayó en manos del Museo Nacional de Arte MUNAL en la Ciudad de México. La misión ahora era, sacarla a la luz.
Pudo hablarse de surrealismo, de documentos de la colección, incluso del tiempo que Bretón y Schuster pasaron en México; pero la propuesta del museo fue mucho más arriesgada e interesante. Así nació la exposición “Bajo el signo de Saturno. Adivinación en el arte”.
Esa noche no hubo invitación especial, aquel miércoles 14 de abril de 2025, las puertas del museo se abrieron al público en general para iniciar el viaje al perfil artístico de las mancias. No llegaron solo curiosos y académicos, sino que también desfilaron videntes, astrólogos y quiromantes para saber cómo los retrataba el arte.

Y ahí están todos. El grabador Posada, famoso por crear la calavera catrina, hizo estampas en 1900 mostrando médiums y espiritistas. El fotógrafo Casasola retrató a la adivina Zulema Moraima en los años 30, leyendo la mano de sus clientes. José Horna ilustraba los signos zodiacales para un laboratorio en los años 50. Y Pedro Friedberg plasmó en gran formato los arcanos mayores del tarot con su conocido estilo psicodélico de los años 60.
Cosas extrañas pasan en la muestra. Como los experimentos que el fotógrafo Armando Salas Portugal llevó a cabo de 1968 a 1972 en su estudio de Bucareli. Le llamó fotografía del pensamiento, y aseguraba que podía obtener imágenes sin necesidad de usar la luz, simplemente concentrando su poder mental en papel fotográfico. El padre de la parapsicología Joseph B. Rhine tuvo que invitarlo a Houston para investigar el fenómeno. Una de esas imágenes abstractas se exhibe en la exposición.
O también está el Dybbuk, un alma errante salida del infierno que según el folclore judío, posee a las personas vivas y las habita. Alrededor de 1913, el dramaturgo ruso Shloyme An-sky, escribió una obra respecto al tema después de hablar con un exorcista local de Miropol. Cuando la obra se presentó en Nueva York en 1974, la pintora surreal Leonora Carrington fue encomendada para diseñar el vestuario. La litografía con el Dybbuk de Leonora, apareció en la muestra.

Darle certeza a lo que no lo tiene, es la urgencia de las mancias. Quizá por eso fascinó a Max Ernst, Óscar Domínguez y Jacqueline Lamba cuando diseñaron la baraja de tarot conocida como “Le jeu de marseille” en 1943. Pancho Villa es el Mago de la Revolución según la baraja (una de las primeras en romper con el tarot tradicional) y otra de las piezas de la muestra.
Y la más peculiar, un mural de marquetería hecho con restos de edificios colapsados de 2017, obra del colectivo Tercerunquinto, que muestra la posición de los astros en tres momentos clave de la historia de México: los devastadores sismos de 1985, 2017 y el sismo de 2022. Los tres, ocurridos el mismo día, un 19 de septiembre, en la misma ciudad…
El futuro no se puede predecir y las casualidades no existen, dicen los científicos. En la academia, las artes adivinatorias no tienen cabida; pudo hablarse de surrealismo, de documentos y de lo mismo de siempre, pero la propuesta fue audaz. Porque lo cierto es que el arte coquetea con lo inexplicable. Adora los mitos, baila con las leyendas, se deleita con lo extraño y abraza lo sobrenatural.








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