AARO filtra tres vídeos de UAP
La AARO vuelve a la carga: tres nuevos vídeos de UAP, dos misterios… y un puñado de pájaros
El Pentágono ha vuelto a pulsar el botón de transparencia, ese que —como los interruptores de hotel barato— parece encender la luz de un sitio mientras deja a oscuras todo lo demás. La Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios (AARO) publicó en su web, el 4 de diciembre, tres nuevos vídeos de fenómenos anómalos no identificados (UAP por sus siglas en inglés) captados en Europa en 2024. Dos siguen sin explicación. El tercero es, oficialmente, una bandada de pájaros. Al menos algo en este mundo sigue siendo lo que parece.
La AARO, esa oficina del Pentágono creada para afrontar lo que antes se llamaba ovnis y ahora suena a inventario de Ikea, asegura que su misión es mejorar la recopilación de datos, estandarizar informes y, sobre todo, mitigar posibles amenazas a la seguridad. En teoría, se trata de un equipo multidisciplinar capaz de analizar sensores, revisar protocolos y proporcionar al público actualizaciones periódicas sobre sus hallazgos. En la práctica, su concepto de “actualización” consiste en subir a una web gubernamental una serie de vídeos de baja calidad junto a unas descripciones tan asépticas que casi dan ganas de pedirles una aspirina.
El primero de los vídeos, el PR-018, procede de un sensor infrarrojo a bordo de una plataforma militar estadounidense. Diez minutos y medio de grabación captada en 2024 por el Mando Europeo de Estados Unidos. AARO afirma, con alta confianza, que lo que se ve es un objeto físico. Hasta ahí, perfecto. Luego añade que su forma, comportamiento y prestaciones “no tienen nada de especial” y que, por tanto, no requieren más análisis. Dicho de otro modo: es un objeto anómalo, físico, no identificado… pero tampoco nos vamos a molestar en averiguar qué demonios es. Si aparece más información, ya lo mirarán. O no.
El segundo vídeo, el PR-017, es aún más desconcertante. Media fracción de minuto grabada con la cámara trasera de un teléfono móvil en algún lugar de Europa, el 1 de enero de 2024. Aquí la oficina se lava completamente las manos: la calidad del vídeo es insuficiente para cualquier determinación. No se sabe qué es, no se sabe qué hace, no se sabe si se mueve o si simplemente pasaba por allí. Pero forma parte del análisis histórico y geográfico de tendencias de UAP. Aunque no se pueda sacar nada en claro, al menos sirve para la estadística.
Y finalmente está el PR-016, grabado un año antes y convenientemente etiquetado como “Resuelto: aves”. En este caso, la AARO sí ha dictaminado algo concluyente. No son naves, no son drones, no son fenómenos exóticos. Son pájaros. Que, por cierto, se mueven de forma sospechosamente organizada cuando viajan en bandada, pero a nadie se le ocurre abrir un expediente por ello.
La nueva publicación de estos tres casos —dos inexplicados y uno trivial— vuelve a poner sobre la mesa la eterna paradoja de la transparencia estadounidense en materia de UAP. La oficina asegura trabajar para mejorar la calidad de los datos, estandarizar informes y garantizar la seguridad nacional frente a objetos que, por definición, no saben identificar. Sin embargo, lo que llega al público sigue siendo material incompleto, vídeos de baja calidad hasta la extenuación y descripciones que solo aportan certidumbres en los casos menos interesantes. Todo se presenta como un esfuerzo científico riguroso, pero las respuestas nunca alcanzan el nivel de las preguntas.
Todo es basura, nunca veremos un triángulo negro de alta definición ni imágenes de las cámaras de seguridad de ninguno de los múltiples encuentros en la Base Aérea Vandenberg, nada. Nada de un satélite tampoco, todo es basura. Siempre es basura granulada en blanco y negro.
Mientras tanto, los objetos anómalos —los que la propia AARO califica como físicos— continúan surcando tanto el cielo estadounidense como el cielo europeo sin que nadie sepa muy bien por qué están ahí o de dónde vienen. Si estos vídeos pretenden tranquilizar a la ciudadanía, el efecto es justo el contrario: uno sale de la web del Pentágono con la sensación de que, entre lo que no identifican y lo que prefieren no analizar, la anomalía no está en los vídeos… sino en la comunicación oficial que los acompaña.








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