UAPs: Confundir al 'enemigo'… y a los ciudadanos
Una unidad ficticia, un caso nuclear sin explicación y un relato que pretende devolver la narrativa UAP a la casilla de salida
Durante poco más de un año, el Dr. Sean Kirkpatrick fue la cara oficial del Pentágono frente a uno de los asuntos más polémicos y sensibles para la opinión pública estadounidense: los Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP, por sus siglas en inglés). Al frente de la Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios (AARO), Kirkpatrick intentó racionalizar -con datos científicos- un rompecabezas que lleva décadas generando sospechas, desinformación y ocultamientos por parte del propio aparato militar que él representaba. Su gestión terminó envuelta en controversias, ataques personales y una creciente desconfianza social que, lejos de resolverse, continúa alimentando nuevas preguntas.
Físico del Pentágono
Sean Kirkpatrick no es un espontáneo. Físico de formación, con una especialización en óptica y láser, desarrolló buena parte de su carrera dentro del Departamento de Defensa y la comunidad de inteligencia. Antes de asumir el mando de la AARO, había trabajado para la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA), la Oficina Nacional de Reconocimiento (NRO) y el Centro Nacional de Contraterrorismo. Su perfil, técnico y reservado, lo convirtió en el candidato ideal para liderar una oficina que, al menos en teoría, debía investigar con rigor los casos históricos y actuales de encuentros con objetos no identificados desde una perspectiva científica y neutral.
Pero su aproximación fue mucho más escéptica que abierta. Bajo su dirección, la AARO adoptó un enfoque que algunos han calificado como "revisionismo técnico". Lejos de reconocer la posibilidad de una inteligencia no humana, la oficina buscó reinterpretar los eventos del pasado bajo parámetros convencionales: errores de percepción, fenómenos atmosféricos, fallos técnicos o pruebas clasificadas.

Desinformación desde dentro
Una de las revelaciones más explosivas publicadas recientemente por el New York Post apunta a que el propio Kirkpatrick y su equipo descubrieron durante sus investigaciones que el Pentágono había fomentado, durante décadas, teorías conspirativas relacionadas con los OVNIs para encubrir proyectos clasificados. Entre los hallazgos más llamativos está la existencia de una unidad falsa, denominada “Yankee Blue”, supuestamente dedicada al estudio de aeronaves extraterrestres. Se trataba de una artimaña interna: altos mandos militares organizaban sesiones informativas a ciertos empleados, presentándoles esta unidad ficticia, y les ordenaban guardar secreto absoluto. Muchos de los involucrados nunca supieron que habían sido engañados.
Según el informe, esta práctica continuaba activa hasta fechas recientes, y no fue hasta 2023 cuando el Departamento de Defensa ordenó ponerle fin. El hecho de que la manipulación interna del fenómeno OVNI haya sido parte de la estrategia institucional añade una nueva capa de complejidad al ya de por sí opaco expediente UAP.

Lo paradójico es que quien denunciaba esta práctica —un juego deliberado de desinformación desde dentro— era el mismo funcionario que ofrecía explicaciones reductoras y poco convincentes sobre algunos de los casos más emblemáticos del fenómeno UAP. El mejor ejemplo es el llamado incidente de Malmstrom en 1967, donde una decena de misiles nucleares quedaron fuera de servicio tras el avistamiento de un objeto volador no identificado. Según Kirkpatrick, lo ocurrido podría explicarse por una prueba secreta con un generador de pulso electromagnético (PEM) instalado cerca del búnker Oscar 1, que habría desactivado los misiles como parte de un experimento de vulnerabilidad. La respuesta del comandante Robert Salas, testigo directo del incidente, fue tajante y ha pedido una rectificación. En una declaración reciente, el exoficial ha desmontando meticulosamente la versión del antiguo director de la AARO. Afirma que nunca fue informado de ninguna prueba PEM, que no existe documentación histórica que la respalde, y que la propia Boeing —contratista principal del sistema— concluyó que no había una explicación técnica para lo ocurrido. Además, cuestiona la lógica de realizar una prueba así durante plena Guerra Fría, sin notificar a los responsables del sistema de defensa nuclear. La versión del PEM, según Salas, no solo es inverosímil, sino que constituye una forma de encubrimiento.
Robert Salas also responds to the WSJ article. Here was his statement: pic.twitter.com/kFwi25tWvr
— John Greenewald, Jr. (@blackvaultcom) June 9, 2025
La ambivalencia de Kirkpatrick recuerda, inevitablemente, al caso del astrofísico J. Allen Hynek, asesor científico del Proyecto Libro Azul de la Fuerza Aérea. Hynek comenzó su carrera desestimando cualquier explicación no convencional, hasta que años más tarde reconoció que había casos imposibles de encajar dentro del paradigma científico estándar. ¿Está Sean Kirkpatrick en un camino similar, o ha decidido blindarse tras la ortodoxia del secreto?
Las contradicciones de Kirkpatrick también se hicieron patentes en su tenso enfrentamiento con el exoficial de inteligencia David Grusch, quien declaró ante el Congreso que EE. UU. posee un programa secreto de recuperación de tecnologías no humanas. En entrevistas y declaraciones públicas, Kirkpatrick se mostró abiertamente molesto con las afirmaciones de Grusch, a quien acusó indirectamente de carecer de pruebas verificables. El distanciamiento entre ambos se convirtió en símbolo del choque entre el aparato oficial —que niega sistemáticamente la existencia de pruebas concluyentes— y los nuevos denunciantes que reclaman una transparencia real.

Ciencia bajo presión
Sean Kirkpatrick dejó la AARO en diciembre de 2023, alegando motivos personales. Su salida coincidió con una ola creciente de filtraciones y demandas de transparencia por parte del Congreso, exfuncionarios y denunciantes. Lejos de apaciguar los ánimos, su mandato terminó por convencer a muchos de que el Pentágono sigue sin estar dispuesto a revelar toda la verdad sobre el fenómeno OVNI.
La gran paradoja de su gestión es comprobar ahora que parte de la narrativa OVNI había sido construida desde dentro del propio gobierno para confundir a enemigos estratégicos de EE. UU., como si esa revelación sirviera ahora como coartada para explicar décadas de secretos. Pero al admitir eso, el Pentágono también reconoce, de facto, que llevó a cabo una operación psicológica contra su propia ciudadanía. ¿Hasta qué punto es cierta esta versión, y hasta qué punto es una maniobra para recuperar el control del relato? Quizá sea esa la única vía de escape posible en un proceso de disclosure que se les ha ido de las manos: declarar que todo fue un juego de espejos para volver a colocar el fenómeno en la casilla de salida… y retrasar, una vez más, cualquier verdad incómoda.








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