El misterio del 'bombardero fantasma' que habría aterrizado sin tripulación
El misterio del “bombardero fantasma” que habría volado y aterrizado sin tripulación
El 23 de noviembre de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, los cielos de Bélgica fueron testigos de un episodio que todavía hoy incomoda a los historiadores más ortodoxos. Un bombardero estadounidense B-17, la célebre “Fortaleza Volante”, regresó de una misión sobre Alemania gravemente dañado. Lo extraordinario no fue que lograra regresar. Lo desconcertante fue que aterrizó sin tripulación.
La escena se produjo en Kortenberg, una base de la RAF en Bélgica, utilizada por unidades estadounidenses tras la liberación del continente. El flamante aparato, con número de serie 43-38545, pertenecía al 91 Grupo de Bombardeo de la Fuerza Aérea. A los mandos del avión iba el Teniente Harold DeBolt. Había participado en un ataque sobre Merseburg, uno de los objetivos industriales más defendidos del Tercer Reich. Según los registros históricos conservados por la asociación del propio grupo y recogidos por la prensa aliada de la época, el avión sufrió graves daños estructurales en dos de sus motores a causa del fuego anteaéreo y perdió altura rápidamente.En ese momento el oficial puso rumbo a Bruselas, donde se encontraba el cuartel general aliado de la 8ª Fuerza Aérea. Pero las cosas empezaron a ponerse muy feas. A 1500 pies, los otros dos motores fallaron.
La tripulación, convencida de que el bombardero no lograría aterrizar, decidió saltar en paracaídas. Uno a uno abandonaron la aeronave. El Teniente DeBolt saltó a 800 pies. Lo que ocurrió después entra en el terreno de lo extraordinario, aunque no en el de la leyenda urbana. Existen crónicas contemporáneas, como las publicadas en la prensa australiana en febrero de 1945, que relatan cómo el aparato, ya vacío, continuó volando.

El B-17 cruzó territorio aliado, descendió progresivamente y realizó una aproximación casi perfecta. Bajó el tren de aterrizaje, se alineó con la pista y tomó tierra sin causar víctimas. El avión recorrió la pista, salió por el extremo y se detuvo tras impactar levemente contra un talud. Las hélices se habían roto y ambas alas habían sido destruidas pero lo más sorprendente estaba por llegar: Cuando las asistencias se aproximaron, no encontraron a nadie a bordo.
¿Milagro? ¿O una concatenación improbable de factores técnicos y físicos?
Tras una tensa espera de veinte minutos el mayor inglés John V. Criss entró en la aeronave y no encontró rastros de presencia humana. Sólo encontró a bordo algunas barras de chocolate a medio comer y una docena de paracaídas. Nacía la leyenda del bombardero fantasma.

Los historiadores han reconstruido el suceso apoyándose en testimonios del 91º Grupo y en archivos militares del 401° Escuadrón. La explicación oficial sostiene que el avión quedó estabilizado en piloto automático antes de que la tripulación saltara. El B-17 disponía de sistemas de control relativamente avanzados para la época. Si el aparato estaba correctamente trimado —es decir, equilibrado aerodinámicamente— y volaba a una velocidad adecuada, podía mantener rumbo y altitud durante cierto tiempo sin intervención humana.
Pero el aterrizaje es otra cuestión. No se trata solo de volar recto. Hay que descender con ángulo preciso, compensar el viento, ajustar potencia, controlar la alineación. ¿Puede un bombardero de casi 30 toneladas ejecutar ese procedimiento sin manos en los mandos? Algunos expertos sugieren que el avión no realizó un “aterrizaje perfecto” en sentido estricto, sino una toma fortuita tras perder sustentación de manera progresiva. Otros señalan que el tren pudo haberse desplegado automáticamente al dañarse el sistema hidráulico.

Sin embargo, la acumulación de coincidencias sigue siendo asombrosa. La pista adecuada, la alineación razonable, la ausencia total de víctimas. Incluso el hecho de que el avión evitara edificios o zonas pobladas.
El suceso fue bautizado por la prensa como la “Fortaleza Fantasma”. Y aunque la documentación histórica respalda que ocurrió, el relato ha sido simplificado o ignorado en muchos compendios oficiales de la guerra aérea.
Lo que desató realmente la historia de la "Fortaleza fantasma" fue encontrar los paracaídas a bordo aunque no se dice que muchas tripulaciones llevaban paracaídas adicionales en caso de que algunos resultaran dañados en ataques enemigos o incendios. Eso no explica todo lo demás, tal vez porque incomoda. Porque recuerda que incluso en contextos altamente tecnológicos existen episodios donde la frontera entre lo explicable y lo improbable se vuelve difusa.









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