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20/01/2023 (08:00 CET) Actualizado: 17/01/2023 (12:21 CET)

Los monstruos de la Biblia

Behemoth, Leviatán o la bestia del Apocalipsis son algunas de las criaturas monstruosas descritas en la Biblia

espacio misterio
20/01/2023 (08:00 CET) Actualizado: 17/01/2023 (12:21 CET)
El tapiz del Apocalipsis muestra un monstruo que sale del mar
El tapiz del Apocalipsis muestra un monstruo que sale del mar

Gigantescos, deformes o peligrosos, los monstruos se conceptualizan como seres anómalos que desafían el orden y la norma. Unicornios, siameses, basiliscos, licántropos o ballenas se integran plenamente en esa categoría de lo maravilloso, lo horrendo y lo terrorífico que tan a menudo se encuentran en la propia definición del prodigio. Los monstruos, sin embargo, no son patrimonio exclusivo de la literatura de terror, de las fábulas ni de los libros medievales de viajes: también los textos sagrados exploran la existencia de criaturas grotescas, desmesuradas o aberrantes, incluida la Biblia. ¿Cuáles son, pues, las principales criaturas monstruosas descritas en el libro sagrado? ¿Cuál es su simbología? ¿Y qué función despliegan los monstruos en el texto?
Nos hemos acostumbrado a utilizar el término monstruo en una variedad de contextos en apariencia contrapuestos. Lo mismo se usa para aludir a una anomalía de la naturaleza como para referirse a seres de tamaño descomunal, a criaturas especialmente feas o espantosas, o incluso a las personas que poseen dotes extraordinarias y sobresalientes en un campo determinado. Si se atiende a la etimología del término, sin embargo, vemos que «monstruo» deriva del latín monstrum, un vocablo emparentado tanto con monstrare –«mostrar, revelar»–, como con monere –«advertir»–. En las culturas de la antigüedad y en especial en aquellas de matriz politeísta, el monstruo era una criatura que pertenecía al ámbito religioso y que transmitía un mensaje divino. En Mesopotamia, los adivinos interpretaban el nacimiento de seres deformes como expresión del parecer de las divinidades, como también lo hacían los romanos, quienes veían los prodigia como presagios catastróficos. En la antigüedad, por tanto, la existencia de monstruos en el universo constituía una prueba del orden y el poder divinos que, a menudo, funciona como advertencia de la voluntad de los dioses.

Nabucodonosor de William Blake
Nabucodonosor de William Blake

Los monstruos no son patrimonio de la literatura de terror, ni de los libros medievales, la Biblia también explora su existencia

Representantes del caos

Aun cuando su presencia en el mundo derive de la intención divina, lo monstruoso encapsula nociones de extrañeza y maravilla que invocan lo desconocido y desafiante. El monstruo rompe con los límites de lo conocido, con aquello que se identifica como característico de la condición humana y, por tanto, supone un desafío al orden civilizado por el que se rige la existencia de la humanidad. Los monstruos se convierten en ejemplos de la otredad, de lo diferente dentro del orden conocido. Son seres anómalos que desafían, por el mero hecho de existir, el orden comúnmente aceptado de las cosas.
Los monstruos suelen caracterizarse por la hibridación, por la confluencia y la confusión de fronteras. Pueden poseer proporciones agigantadas o mostrar rasgos híbridos que mezclan categorías, como lo animal con lo humano, por ejemplo. Son esas entidades que se escapan por las costuras del tejido social y que, por lo tanto, no pueden ser aprisionadas por las jerarquías que organizan las sociedades humanas. Gracias a su existencia, lo monstruoso permite definir lo que uno es y clarificar las características del grupo al que uno pertenece mediante la abierta oposición a lo que no se es. Por eso, porque se posicionan en el extremo de lo humano, los monstruos suelen ocupar espacios lejanos o no antropizados como las montañas, las cavernas, los fondos marinos o los bosques.
El texto bíblico rebosa prodigios, desde zarzas ardientes y mares que se abren hasta demonios que toman posesión de cuerpos y muertos que resucitan. Y, por supuesto, también abunda en monstruos, seres prodigiosos que despiertan terror y maravilla a partes iguales. En una tradición judeocristiana, que parte de la existencia de un dios único creador y todopoderoso, sin embargo, cabe preguntarse qué sentido tiene lo monstruoso. ¿Para qué sirven los monstruos en el monoteísmo?

Los monstruos suelen ocupar espacios lejanos o no antropizados como las montañas, las cavernas, los fondos marinos o los bosques

En la Biblia se dan la mano dos versiones en apariencia contradictorias del monstruo. Por un lado, es un ser que, en cuanto representante del caos, es necesario vencer para recuperar la normalidad. Por otro, se manifiesta como producto del acto creativo de la divinidad y, como todas las criaturas nacidas del buen hacer divino, merecedora del amor del creador. En ambos casos, la existencia de la monstruosidad prueba la grandeza de Dios y su omnipotencia: Yahvé tiene, al mismo tiempo, el poder tanto de poblar el universo con todo tipo de criaturas como de vencer a cualquier entidad que se oponga a su magnificencia.

Monstruos marinos

Los principales monstruos que se dan cita en la Biblia pertenecen al grupo de los llamados tanninîm «monstruo(s) marino(s)», emparentados con las bestias del caos Tunnan y Lotan que se mencionan en el ciclo cananeo de Baal. Se los suele describir como criaturas de la forma del dragón o de la serpiente. De hecho, en algunos pasajes bíblicos, el término tannim designa, simplemente, a las serpientes en cuanto categoría animal (por ejemplo, Éxodo 7: 9 – 10: 12). En el libro de Esdras (4 Esd 6: 49-52) se especifica que Yahvé dio forma a los tanninîm durante el quinto día de la creación divina. Fue el momento en el que vieron la luz dos de los monstruos bíblicos más emblemáticos, Leviatán y Behemoth, inspiradores de discursos políticos, científicos y teológicos desde sus orígenes bíblicos hasta nuestro presente. Al primero, Leviatán, se le concedió el agua como lugar de habitación y al segundo, Behemoth, la tierra.  

Behemoth y Leviathan
Behemoth y Leviathan


Leviatán, serpiente marina de proporciones gigantescas, habita en las feroces aguas oceánicas. Se considera que su nombre hebreo, liwyātān, podría guardar el significado de «el que serpentea» o «el que se enrosca». El libro de Job recoge una descripción pormenorizada de la bestia en la que se presenta como un enorme dragón de coraza impenetrable que escupe rayos y fuego por las fauces. «¿Quién levantará la cubierta que lo reviste? ¿Quién se acercará a su doble coraza? ¿Quién abrirá la puerta de sus fauces? ¡Las hileras de sus dientes espantan!», se nos dice. «Su espalda está cubierta de fuertes escudos, soldados unidos estrechamente entre sí. El uno se junta con el otro para que el viento no pase entre ellos. Unido está el uno con el otro, trabados entre sí, no se pueden separar». Coriáceo, de carnes endurecidas y fuerte como piedra de molino, leviatán está dotado de gruesas escamas que lo recubren, que se oponen a cualquier arma y paralizan cualquier ataque: «Aunque la espada lo alcance, no se le clavará, ni tampoco la lanza, el dardo o la jabalina. Para él, el hierro es como paja y el bronce como madera podrida. La saeta no lo hace huir y las piedras de la honda para él son como paja. Toda arma le resulta como la hojarasca y se burla del silbido de la jabalina».
Además, aun siendo un animal acuático, el fuego es su aliado, pues «cuando estornuda, lanza relámpagos; sus ojos son como los párpados del alba. De su boca salen llamaradas, centellas de fuego brotan de ella. De sus narices sale humo, como de una olla o caldero que hierve. Su aliento enciende los carbones, de su boca salen llamas». De entre todas las criaturas creadas, solo el leviatán no tiene rival, por ello «no hay en la Tierra quien se le asemeje; es un animal hecho exento de temor. Menosprecia toda arrogancia y es rey sobre toda otra fiera» (Job 41: 13-24).

De entre todas las criaturas creadas, solo el leviatán no tiene rival, por ello no hay en la Tierra quien se le asemeje, dice Job 41

En las entrañas de la bestia

Aunque enorme en sus proporciones, feroz en su apariencia e invulnerable, según el relato de Job el leviatán no es más que una criatura de Dios, un animal creado para regocijo de Yahvé. El salmo 104, un texto laudatorio que alaba la capacidad divina de crear, establecer un orden y dar sustento a todas sus criaturas, presenta al leviatán no como fuerza caótica y peligrosa, sino como participante del orden de la creación. «He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes», dice el salmo. «Allí andan las naves; allí este leviatán que hiciste para que jugase en él. Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo» (Sal 104: 25-27).
Otro célebre monstruo marino de la Biblia es el protagonista de una no menos célebre historia. Se trata del pez gigantesco, comúnmente identificado con una ballena, que mantuvo en su vientre a Jonás durante tres días y tres noches. En los capítulos 1 y 2 del libro homónimo, se cuenta que Jonás desobedeció la orden de Yahvé, que lo había instado a predicar contra los ninivitas, y huyó por mar embarcándose en un navío. Mientras el profeta se encontraba a bordo de la nave, se levantó una fuerte tempestad que amenazaba con hacer naufragar el barco. Sabiendo que su huida era la causa de la feroz tormenta, Jonás instó a la tripulación a que lo arrojasen al mar como ofrenda para aplacar la ira divina. Hecho esto, las aguas se calmaron, pero el profeta no murió ahogado: un gigantesco pez enviado por la divinidad se lo tragó y lo mantuvo en el vientre, oscuro como una tumba, durante tres días. Y, de igual modo que Cristo resucitó y dejó el sepulcro al tercer día, también Jonás abandonó el infierno de la muerte gracias a la intervención de Yahvé. El monstruo, por tanto, puede funcionar a modo de catalizador de experiencias de transformación profunda, de resurrección y salvación.

La ballena de Jonás
La ballena de Jonás


En otros libros y pasajes de la Biblia, sin embargo, los peces inmensos y las gigantescas criaturas serpentiformes se presentan no como entidades pertenecientes al orden de Dios, sino como enemigos de Israel. Así, el profeta Ezequiel compara a Nabucodonosor con un tannin que hubiese tragado Sion, mientras que en el salmo 74, Yahvé se presenta como el todopoderoso que venció a Leviatán aplastando sus múltiples cabezas. En esta versión del monstruo, Leviatán es enemigo y opositor del orden divino y, por tanto, encarna las fuerzas disgregadoras del mal. El enfrentamiento entre Dios y Leviatán toma la forma de una lucha primordial bien conocida en las tradiciones politeístas de la antigüedad, la del combate contra el caos como la fuerza que pone en marcha la creación o la ordenación del universo.

Leviatán es enemigo y opositor del orden divino y, por tanto, encarna las fuerzas disgregadoras del mal

Enemigos de Israel

El mismo principio opera en los mitos que enfrentan a Tiāmat y Marduk en el Enūma eliš, y a Yamm y Baal en el ciclo de Baal. Esta alternancia de dos visiones aparentemente contrapuestas en el Antiguo Testamento en lo que concierne a Leviatán, se explica por el proceso de redacción de los textos bíblicos, en los que se integran varias tradiciones textuales y culturales. Estudiada desde una perspectiva histórica, la Biblia demuestra ser un producto cuya codificación se dilata en el tiempo. En su redacción no solo se usaron lenguas diversas como el arameo y el griego, sino que, en muchos puntos, se echó mano de tradiciones culturales mediterráneas y próximo-orientales milenarias. 
Así, el Leviatán bíblico lo mismo ejerce de mascota divina como se convierte en el gran enemigo del pueblo hebreo. En el salmo 74, que lamenta la destrucción del templo de Jerusalén, Leviatán encarna una fuerza del caos. «Han puesto a fuego tu santuario, han profanado el tabernáculo de tu nombre, echándolo por tierra», se dice en el texto bíblico. «Dijeron en su corazón: destruyámoslos de una vez. Han quemado todas las sinagogas de Dios en la Tierra (…) Pero Dios es mi rey desde tiempo antiguo, el que obra salvación en medio de la tierra. Dividiste el mar con tu poder; quebraste las cabezas de monstruos en las aguas. Magullaste las cabezas del leviatán y lo diste por comida a los moradores del desierto» (Sal 74: 7-8 y 12-14). 

La imagen de la bestia marina se utiliza, por tanto, como una metáfora que alude a aquellos poderes políticos y militares que, a lo largo de la antigüedad, han perseguido al pueblo judío. A los grandes opositores de Israel, como Egipto, Asiria y Babilonia, se les atribuye la ferocidad destructora de la serpiente, pero, del mismo modo que, en el pasado, Yahvé aplastó a Rahab (Job 26: 12-13), un tannim vinculado a las serpientes, los dragones y los cocodrilos, el Dios único volverá a derrotar a la bestia para liberar, de una vez por todas, al pueblo de Israel. Según se lee en el libro de Isaías, «en aquel día, Jehová castigará con su espada dura, grande y fuerte a Leviatán, la serpiente veloz, a Leviatán, la serpiente tortuosa, y matará al dragón que está en el mar» (Is 27: 1). 

La Estela de Baal con un Rayo encontrada en las ruinas de Ugarit
La Estela de Baal con un Rayo encontrada en las ruinas de Ugarit

El dragón rojo

En Leviatán y los restantes tanninîm del Antiguo Testamento se inspira el dragón rojo que se menciona en Apocalipsis 12, criatura terrible que anuncia la llegada del anticristo y el fin de los tiempos. En el texto apocalíptico, la gran serpiente de múltiples cabezas vuelve a reinterpretarse y acaba por identificarse con el diablo en la lucha cósmica definitiva que enfrentará el Bien contra el Mal. Según revela el texto de San Juan, «también apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero. Fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él». 
Ese Leviatán del Nuevo Testamento que se identifica con Satán, el gran opositor, ha pervivido en la tradición tanto religiosa como laica de occidente. El cristianismo ha empleado la figura de Leviatán para representar al demonio y para reflexionar sobre los peligros destructores del caos, las tentaciones y el Mal, pero las ciencias humanas también hicieron debido uso de su figura. El filósofo Thomas Hobbes bautizó con su nombre una de sus principales obras políticas. En Leviatán (1651), el término del título hace referencia al Estado que, como el monstruo bíblico, debe hacer uso de un poder fuerte, férreo e invencible, totalitario e indoblegable, para prevenir que el estado de la naturaleza dinamite el orden social.

El Leviatán del Nuevo Testamento se identifica con Satán, el gran opositor

Behemoth, la bestia gigante

Otra criatura monstruosa bíblica, imponente como pocas, es Behemoth. Se considera que la palabra deriva de la forma hebrea behema –«buey, ganado»–. Como sucedía con Leviatán, el libro de Job presenta a Behemoth como una criatura de Dios: en el texto bíblico, la divinidad expone ante Job su capacidad ilimitada para crear animales y bestias, desde la cabra, el asno y el avestruz hasta los feroces Leviatán y Behemoth. Como discurso aleccionador, Yahvé advierte a Job que no infravalore los límites de la potencia divina. «Ahí está el behemot: yo lo creé, lo mismo que a ti», declara Yahvé. «Come hierba, como el buey.
Su fuerza está en sus lomos; su vigor, en los músculos de su vientre. Mueve su cola que se asemeja al cedro y los nervios de sus muslos están entretejidos. Sus huesos son fuertes como el bronce y sus miembros como barras de hierro. Él es el primero entre las obras de Dios y solo el que lo hizo puede acercar a él la espada. Ciertamente, para él producen hierba los montes, donde retozan las bestias del campo. Se acuesta a la sombra en lo recóndito de las cañas y de los lugares húmedos. Los árboles lo cubren con su sombra, los sauces del arroyo lo rodean. Aun cuando el río se desboque, él no se inmuta. Permanece tranquilo, aunque todo un Jordán se estrelle contra su boca» (Job 40: 15-23). Esta capacidad híbrida de moverse tanto en tierra firme como en los humedales llevó al naturalismo europeo del siglo XVII a identificar Behemoth con el hipopótamo. Como criatura que surge de la omnipotencia divina, sin embargo, la existencia de Behemoth prueba que todo lo que respira bajo el sol, de lo más pequeño a lo más gigantesco, responde a un plan universal. Los monstruos son necesarios. Los monstruos prueban la existencia omnipotente de Yahvé. 

Por: Érica Couto-Ferreira, Publicado en Año / Cero nº 389

Sobre el autor
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